“I’m made of metal – my circuits gleam!”

Unleashed

Birmingham, “la fábrica del mundo”, icono del poderío manufacturero de la Inglaterra post-industrial y locomotora del progreso del Reino Unido a lo largo de los últimos tres siglos. A mediados de la década de 1960, las expectativas para un chaval medio de Birmingham no iban más allá de pasar su vida entera trabajando en una fábrica de metal fundido. Estas fábricas dibujaban el paisaje de la ciudad y forjaban el carácter de sus habitantes desde la cuna hasta la tumba. El ruido sordo y metálico de la maquinaria resonaba día y noche, y el humo escupido por las chimeneas no sólo se olía sino que se podía masticar en el aire. Difícilmente podría imaginarse un escenario más apropiado para el nacimiento del heavy metal.

En 1965, un joven guitarrista de 17 años llamado Tony Iommi perdió la punta de dos dedos trabajando en una cadena de montaje en una fábrica de planchas de metal. Lejos de abandonar su vocación, Iommi utilizó sus conocimientos de metalurgia para fabricar dos prótesis que sustituyeran los extremos de estos dedos amputados. El sonido resultante cambiaría el curso de la música para siempre cuando, unos años después, Tony y sus amigos Ozzy, Geezer y Bill decidieran empezar a hacer “música de película de terror”. Black Sabbath fueron los padres del heavy metal, pero entre sus primeros acólitos se encontraba otro joven de Birmingham destinado a formar la banda que definiría el sonido y la estética del género de manera definitiva. Su nombre era K.K. Downing y el de su banda, prestado de una canción del John Wesley Harding de Bob Dylan, Judas Priest.

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