The Grateful Dead: Shake’s Picks 18 – 6/17/1975, Winterland Ballroom, San Francisco, CA

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Este Shake’s Picks va dedicado a la memoria del gran bajista Rob Wasserman, asiduo colaborador de Bob Weir que falleció ayer a la edad de 63 años.

Bienvenidos al décimo octavo volumen de Shake’s Picks. Este mes vamos a visitar el que es sin duda el año más misterioso de los Grateful Dead: 1975. Una época de descanso para la banda que sin embargo les vio experimentar con algunos de los sonidos más extremos de toda su carrera.

Como es bien sabido, los Grateful Dead optaron por tomarse un descanso a finales de 1974, hastiados tras casi una década en la carretera, y decidieron que 1975 sería un año sabático en el que concentrarse en varios proyectos en solitario. Desde sus shows de despedida en Winterland en octubre de 1974 hasta su regreso a los escenarios en junio de 1976, la banda tan solo ofrecería 4 conciertos, todos ellos en la Costa Oeste.

Sin duda si hubiera que trazar una línea que dividiera la carrera de los Grateful Dead en dos ese límite recaería justo en el año 1975. Más que la salida de cualquier miembro del grupo o el ecuador exacto de su trayectoria en 1980, el hiatus de 1975 supone un punto de inflexión en la historia de los Dead tras el cual nada volvería a ser lo mismo. A partir de su regreso en 1976 la banda entraría en la dinámica de giras sin descanso que les haría cada vez más grandes, conduciendo a la explosión del fenómeno deadhead, pero también al declive de Jerry García, que se sumergiría en el abismo de la heroína para evadirse de ese gran monstruo en el que se convertirían los Grateful Dead y que consumiría todos los aspectos de su vida. Los 20 años posteriores a 1975 serían un proceso de progresiva decadencia hasta la muerte de García en 1995 y, a pesar de que existen numerosos momentos de innegable inspiración musical a lo largo de ese período, no es de extrañar que a partir de finales de los setenta se acuñara el aforismo deadhead que rezaba “los Dead nunca sonaron tan bien como el año pasado”.

Musicalmente, el meridiano de 1975 separa la producción más experimental de la banda (la sinfonía ácida de finales de los sesenta, el extremismo jazzístico de principios de los setenta) de la instauración de lo que podríamos denominar la “fórmula Dead”. A partir de finales de los setenta la banda dejaría de incorporar demasiadas composiciones nuevas al repertorio, los shows se celebrarían en recintos cada vez mayores y se estandarizarían con patrones inamovibles como la secuencia “Drums > Space” a mitad del segundo set, y en general los Dead adoptarían ese sonido dulce y relajado que comenzó en 1976 y acabaría por encasillarles como el grupo de hippies trasnochados por excelencia a ojos del gran público.

Sin embargo, por un momento en 1975 pareció que la banda estaba decidida a seguir la línea más experimental de la era del Wall Of Sound e incluso llevarla un paso más allá. No hay más que escuchar las múltiples sesiones que llevaron a cabo a principios del año en el estudio de Bob Weir en las que exploran texturas decididamente de jazz fusión, el LP que resultó de dichas sesiones Blues For Allah (sin duda su disco más experimental desde Aoxomoxoa de 1969), o las caleidoscópicas jams de cualquiera de los cuatro conciertos que ofrecieron ese año. Quizá ningún otro tema ejemplifica ese salto al abismo que pudo ser y finalmente no fue como la suite de “Blues For Allah”, que los Dead interpretaron en tres de los cuatro shows de 1975 y jamás volvieron a tocar en directo.

La versión definitiva de esta composición (y es que, como bien apunta un comentario en Archive.org “Blues For Allah” es más una composición, siguiendo patrones propios de la música clásica moderna o incluso del rock progresivo, que una jam basada en la improvisación como podrían ser “Dark Star” o “Playing In The Band”) es la del concierto del 23 de marzo en el SNACK Benefit celebrado en el Kezar Stadium de San Francisco, para la cual la banda contó con una imponente muralla sónica de tres teclistas (Keith Godchaux, Merl Saunders y Ned Lagin) que asemeja el sonido de Miles Davis en discos como Bitches Brew. Ese “Blues For Allah” sonó en el podcast especial sobre Ned Lagin que mi amigo Óscar Ruiz y yo hicimos para su programa Estación Terrapin hace unos meses, pero la versión que tenemos aquí es la del segundo y probablemente menos conocido de los cuatro shows que los Dead ofrecieron en 1975: el del 17 de junio en Winterland.

El concierto fue un homenaje al artista Bob Fried, responsable de algunos de los pósters más emblemáticos del San Francisco psicodélico de mediados de los sesenta, que había muerto en el mes de enero a causa de un aneurisma cerebral. El cartel estuvo formado por Keith & Donna (la banda del teclista y la corista de los Dead), Kingfish (en cuyas filas militaba Bob Weir) y Jerry García & Friends, que resultaron no ser otros que los Grateful Dead en su segunda aparición en directo en ocho meses. Se trata de un show corto pero muy interesante, con un apabullante “Crazy Fingers” inicial y la primera versión jamás interpretada del clásico “Help On The Way > Slipknot! > Franklin’s Tower”, antes de que “Help On The Way” tuviera letra. Pero el punto álgido de la noche llega sin duda con el “Blues For Allah” que abre el segundo set y que incluye, al igual que en la versión se SNACK, la secuencia instrumental de Phil Lesh “King Solomon’s Marbles”.

No hay mucho más que decir más allá de que disfrutéis de estos colosales 23 minutos de pura magia capturados por el taper Rob Bertrando y en los que los Grateful Dead recorren un sobrecogedor paisaje de imponentes dunas que se extienden más allá del alcance de la vista. A lo largo de la travesía, la banda transita desde turbadores motivos arabescos que asemejan el pausado pero constante movimiento de un camello cruzando el desierto hasta furiosos arranques de sobrenatural atonalidad y vertiginosos arpegios de querencias Mahavishnu antes de recalar en las calmadas aguas que anuncian el final del trayecto bajo la impávida mirada del cielo azul de la eternidad.

Descargar: Blues For Allah Suite (6/17/1975)

Poster

Cartel del concierto homenaje a Bob Fried el 17 de junio de 1975 en Winterland

English version:

Welcome to the eighteenth installment of Shake’s Picks. This month we are going to visit what is undoubtedly the Dead’s most mysterious year: 1975. A period of rest for the band that nevertheless saw them experiment with some of the most radical sounds of their whole career.

Wore out after almost a decade of touring, the Grateful Dead decided to go on a hiatus at the end of 1974 and devote the year 1975 to various solo projects. Between their farewell run at Winterland on October 1974 and their return to the road on June 1976, the band would only play 4 shows, all of them in the West Coast.

In my opinion there is no doubt that if a line were to be drawn dividing the Dead’s career in two said limit would fall right on 1975. More than the departure of any band member or the exact equator of their trajectory in 1980, the year-and a half hiatus marks a point of inflexion in the history of the group after which never would be the same again. Starting with their 1976 return, the band would enter a dynamic of non-stop touring that would last for almost two decades. This would make them bigger and bigger with each passing year, leading to the explosion of the deadhead movement, but also to the decline of Jerry Garcia, who would drown in the abyss of heroin addiction to escape from the huge monster that the Grateful Dead would soon become. The 20 years following 1975 would be a process of progressive decadence up until Garcia’s death in 1995 and, even though there were many moments of sublime musical inspiration scattered all along that period, it’s no wonder that the end of the seventies saw the coining of the deadhead maxim “the Dead never sounded as good as last year.”

Musically, the 1975 meridian separates the band’s most experimental output (the acid symphonies of the late sixties, the extreme jazz excursions of the early seventies) from the instauration of what we could call the Dead formula. Starting at the end of the seventies, the group would cease to incorporate too many new compositions to their repertoire, the shows would take place in ever growing venues and become sort of standardized with fixtures such as the “Drums > Space” sequence halfway through the second set and. Starting in 1976, the Dead would adopt that slow, mellow sound that lead to their being pigeonholed as rock and roll’s quintessential old hippies in the eyes of the general public.

However, during a moment in 1975 it seemed as if the band were determined to take the exploratory premises of the Wall Of Sound era one step farther. One only has to listen to the multiple sessions that took place in Bob Weir’s studio at the beginning of the year in which they explore decidedly fusion-esque textures; to the resulting LP, Blues For Allah, which was without a doubt their most experimental since 1969’s Aoxomoxoa; or to the kaleidoscopic jams in any of the four concerts they played that year. Probably no other song exemplifies this jump into the abyss that could have been but finally wasn’t as the “Blues For Allah” suite, which the Dead performed at three of the four 1975 shows before dropping it from the setlist forever.

The definitive version of this composition (as a comment in Archive.org points out, “Blues For Allah” was much more a composition, in the mold of modern classical music or even progressive rock, than an improvisation-based jam like “Dark Star” or “Playing In The Band”) was performed on March 23rd at the SNACK Benefit held at Kezar Stadium, a show in which the band played with no less than three keyboard players (Keith Godchaux, Merl Saunders and Ned Lagin), building an extraterrestrial sound that resembles Miles Davis’ late sixties albums like In A Silent Way and Bitches Brew. What we have here, however, is the version from the Dead’s second show of 1975: June 17th at Winterland Ballroom.

The concert was a memorial for Bob Fried, one of the leading poster artists of the Haight Ashbury scene, who had died in early 1975 from a brain aneurism. The bands on the bill included Keith & Donna, Kingfish with Bob Weir, and Jerry Garcia & Friends, which turned out to be no other than the Grateful Dead in their second live appearance in eight months. It’s a short but very interesting show, with a gorgeous “Crazy Fingers” opener, and the debut of the classic “Help On The Way > Slipknot! > Franklin’s Tower” sequence, back when Robert Hunter hadn’t yet written the lyricis to “Help On The Way”, making it an instrumental tune. The highlight of the night, however, was the “Blues For Allah” that opens the second set and which includes, like the SNACK version, Phil Lesh’s instrumental sequence “King Solomon’s Marbles”.

There’s not much more to say other than enjoy these colossal 23 minutes of pure magic captured by taper Rob Bertrando which show the Grateful Dead traversing a startling landscape of magnificent dunes that extend far beyond sight. Throughout the voyage, the band weaves its way through droning Arabic motifs that simulate the slow but heavy movement of a camel crossing the desert, furious fits of supernatural atonality, and dizzying Mahavishnu-like arpeggios, before their arrival at the calm waters that signal the end of the journey under the undaunted glance of eternity blue.

Download: Blues For Allah Suite (6/17/1975)

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