Chris Robinson Brotherhood – Sala But, Madrid, 10/3/2016

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Hace ya camino de cuatro años que Big Moon Ritual, excelsa declaración de intenciones de Chris Robinson Brotherhood en formato de doble LP, cayó en mis manos. Desde entonces, la hermandad del otrora cantante de los Black Crowes (para un servidor probablemente la última gran banda clásica de la historia del rock and roll) se convirtió en mi grupo actual de cabecera y verles en directo pasó a ser una de mis principales prioridades vitales.

Con los Brotherhood, el mayor de los Robinson rebajó los decibelios de su banda madre y, amparado por sospechosos habituales como su compañero en los Crowes Adam MacDougall, el bajista de los Burning Tree de Marc Ford Muddy Dutton y el enorme Neal Casal, se zambulló de lleno en el sonido cósmico americano; ese que bebe a partes iguales de Buck Owens, Sun Ra, Jerry García y George Clinton.

En Shakin’ Street hemos seguido de cerca las aventuras en directo de Chris y sus compinches, fieles adeptos a la filosofía jam band de pantagruélicos conciertos caracterizados por imprevisibles excursiones improvisativas y repertorios radicalmente distintos cada noche, y no pudimos sino sentir un escalofrío cuando, hace unos meses, se confirmó que, finalmente, la caravana psicodélica de CRB recalaría en Madrid el 10 de marzo dentro del marco de su primera gira europea.

Al plantarme ante el escenario de la sala But, en el que un Adam MacDougall de dilatadas pupilas apura los últimos minutos antes del show poniendo a punto sus teclados bajo una bandera norteamericana presidida por la F de Freak, no puedo evitar sentir una pequeña amargura. La noche anterior en Pamplona han caído varias de mis canciones favoritas como “Tulsa Yesterday”, “Star Or Stone”, “Wheel Don’t Roll” o la esquiva “Train Robbers”, que sólo se deja ver por el setlist muy de vez en cuando, lo cual convierte la expectativa de volver a oírlas en Madrid en poco menos que una entelequia.

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Chris Robinson

No obstante, en cuanto el quinteto sale a escena y da comienzo a la fiesta con “Hello L.A. Bye Bye Birmingham”, colorida crónica de la Odisea psicodélica desde el desolado medio oeste rural hasta la gran ciudad nacida de la pluma del gran Delaney Bramlett, cualquier incertidumbre se disipa ipso facto. Mis pies empiezan a moverse solos y noto cómo una sonrisa de fumeta se dibuja en mi rostro al tiempo que recuerdo aquella vieja máxima deadhead: “never judge a show by the setlist”. Independientemente de las canciones que vayan a sonar lo que realmente importa es que Chris Robinson, Neal Casal, Adam MacDougall, Muddy Dutton, Tony Leone y unos cuantos cientos de personas más entre las que me cuento estamos vivos al mismo tiempo y en el mismo lugar. Y esto no ha hecho más que empezar.

“Hello L.A.” da paso a un “Tomorrow Blues” que se convierte en la primera oportunidad de la noche para que los solistas investiguen el brumoso paisaje lisérgico que se oculta tras el humo de incienso que cubre el escenario. Por un lado un Neal Casal que alterna florituras modales dignas del mejor García con furiosos arrebatos de blues caleidoscópico, y por otro un Adam MacDougall que exprime una muralla de demenciales teclados que parecen sacados del arsenal de Herbie Hancock en la época de los Headhunters como si manejara los controles de una nave espacial.

Sigue “Roan County Banjo”, glorioso tema de reciente factura que intercala suaves pasajes de cadencia country rock con monstruosos arranques psicodélicos y atmósferas floydianas; una pequeña sinfonía de americana intergaláctica que precede a la preciosa “Reflections On A Broken Mirror”, en la que Robinson y Casal ponen los pelos de punta al respetable con sus desgarradoras armonías vocales. A continuación, una relectura del “She Belongs To Me” de Bob Dylan en clave de infeccioso funk espacial en la que los guitarristas dejan espacio a MacDougall para comandar una breve pero intensa improvisación en formato trío junto a Dutton y Leone que evoca al Larry Young más cósmico.

El plato fuerte del primer set llega con la sublime “Meanwhile The Gods”, que sirve como lanzadera para una apoteósica jam que culmina con Robinson y Casal soleando desbocados al unísono, provocando un éxtasis de puro arena rock setentero antes de girar una inesperada esquina para depositarnos en “Tumbleweed In Eden” con la suavidad de una pluma. El control de las dinámicas de esta banda es algo sobrehumano y, poco después de que las angelicales gargantas de Chris y Neal nos acerquen a las raíces más puras de la música norteamericana, volvemos a remontar el vuelo con un vibrante “Never Been To Spain” de Three Dog Night que supone el festivo final de este primer pase.

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Neal Casal

Apenas 15 minutos después el quinteto regresa a escena con la desenfadada “Let’s Go, Let’s Go”, que va seguida de otro tema nuevo, “Ain’t It Hard But Fair”, antes de que las texturas extraterrestres de MacDougall anuncien “Shore Power”, infeccioso tema inicial de su último LP de estudio Phosphorecent Harvest que ve extendida su parte central para lucimiento de un descomunal Neal Casal.

A continuación llega uno de los puntos álgidos de la noche con la épica “Star Or Stone”, uno de esos temas que habían sonado la noche anterior en Pamplona y por consiguiente cogió con la guardia baja a los enfermos de las estadísticas entre los que me cuento. El solo de guitarra de Casal en este tema es algo de otro mundo; partiendo de la calma más plácida para ir acumulando intensidad sutilmente hasta explotar en una auténtica catarsis de pirotecnia guitarrística con toda la banda funcionando como un organismo viviente que respira y se balancea suavemente al compás de la música, antes de regresar a la tranquilidad inicial con una delicadeza que corta el aliento. Simplemente sobrecogedor.

Y cuando apenas nos han dejado unos minutos para recobrar el aliento mediante una simpática versión del “The Music’s Hot” de Slim Harpo, la inconfundible figura inicial de “Vibration And Light Suite” nos lanza a través de un agujero negro hacia la gran improvisación de la noche. Ritmos discotequeros se entrelazan con extrañas texturas de querencias kraut rock, arreglos vocales que erizarían los pelos del bigote de David Crosby, explosiones de putoamismo guitarrístico de primer orden e infinidad de elementos dispares más que nos pasan rozando fulminantes mientras viajamos por el espacio a una velocidad desorbitada sin un rumbo fijo, cegados por la luz y bailando como si el espíritu de un Tony Manero al que le han echado LSD en el cubata se hubiera apoderado de nuestra alma.

Tras un período que no soy capaz de acotar (hace ya rato que consideraciones terrenales como el tiempo y el espacio dejaron de tener sentido alguno) la nave empieza a vibrar al ritmo del riff “Ride”, que desata una auténtica liturgia de trance psicodélico; Robinson cantando puño en alto como una suerte de Bob Marley teletransportado a la era dorada del éxtasis y los clubes de electrónica. Un mesías barbudo y de ojos vidriosos a los controles de un rave lisérgica de proporciones intergalácticas.

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Adam MacDougall

Sería ridículo intentar explicar todo lo que ocurrió a lo largo de la jam de “Ride”, aunque no puedo dejar de destacar un momento en el que Dutton y Leone se lanzaron a un mastodóntico riff de funk oscuro mientras Casal, Robinson y MacDougall extraían una cacofonía atonal de sus instrumentos. Por un instante no tuve duda de que Miles Davis estaba a punto de emerger entre las sombras para acercarse al micrófono y hacer aullar a su trompeta como un maestro de ceremonias en un ritual de vudú ancestral.

Pero finalmente Miles no hace acto de presencia y, ante su ausencia, el quinteto opta por regresar la nave a tierra firme por medio de otro viejo estándar bluesero de Slim Harpo: “Got Love If You Want It”. Para mí este es uno de los únicos aspectos mejorables de la noche, ya que tras semejante excursión hipersensorial hubiera preferido recalar en una orilla más apoteósica con un tema como “Rosalee” o incluso “I Ain’t Hiding”. Aun así, “Got Love” va escalando hasta una cima realmente memorable con Robinson soplando su armónica como loco para señalar el final del segundo set.

Apenas he empezado a recuperar la consciencia espacio-temporal cuando el quinteto vuelve al escenario para serenarnos de vuelta a casa con una preciosa versión del clásico “Catfish John” que Jerry García inmortalizara en su LP de 1975 Reflections. Las dulces armonías vocales y sedosos pasajes instrumentales actúan como una nana psicodélica que nos mece suavemente en los brazos de la musa para sacudirnos de encima el mareo tras semejante travesía espacial. Ahora sí, Chris Robinson, Neal Casal, Adam MacDougall, Muddy Dutton y Tony Leone se despiden y nos abandonan a nuestra suerte para intentar asimilar lo que acabamos de presenciar.

No tardaremos en volver a verles, ya que su autobús (desde el cual graban cada concierto de la gira) les espera aparcado en la puerta de la sala para llevarles hasta su siguiente concierto en Barcelona y, a su salida, se paran a charlar tranquilamente con la gente que se agolpa en las inmediaciones. Nos acercamos a Neal Casal y le felicitamos por el show y por la música que grabó para los intermedios de los shows de los Grateful Dead en Fare Thee Well el pasado verano. El guitarrista se muestra sorprendentemente cercano y nos habla de sus anteriores visitas a nuestro país así como de sus propios orígenes españoles. Su padre, resulta, nació en La Coruña, y Neal nos asegura que, vista la acogida, espera que CRB no tarden mucho en volver a acercarse por estas tierras.

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Neal Casal, Tony Leone, Chris Robinson y Muddy Dutton

Nos despedimos de él tomándole la palabra y emprendemos el camino de vuelta sin poder dejar de pensar en lo encomiable que es esta gente. A sus 49 años, un tipo como Chris Robinson podría dedicarse a rascarse las pelotas y pegarse la gran vida subsistiendo a base de esporádicas reuniones de los Black Crowes y sin embargo prefiere recorrer el mundo en un autobús ofreciendo maratonianos conciertos de tres horas cada noche. Pese a peinar canas el mayor de los Robinson sigue sintiendo la misma pulsión juvenil y el mismo amor por la música como filosofía y forma de vida que le invadieron cuando era un adolescente en Atlanta, Georgia, hace ya 30 años.

Esto, se mire por donde se mire, es algo digno de la mayor de las admiraciones. Tenemos que dar gracias por el hecho de que hoy en día sigamos teniendo a tipos como Chris Robinson, Neal Casal y Muddy Dutton entre nosotros, porque más tarde o más temprano llegará un momento en el que ya ni siquiera las últimas leyendas del rock de los noventa sobrevivan, y entonces no nos quedará nada.

Como para certificar esta aseveración, a pocos metros de la sala vemos cómo varias docenas de chavales que apenas tendrán 20 años se agolpan a las puertas del Teatro Barceló totalmente ajenos a lo que acaba de ocurrir a escasos metros de distancia. Ellas tambaleándose sobre enormes zapatos de tacón y pasando un frío de pelotas y ellos imitando el estilismo del Pequeño Nicolás, actual ídolo y modelo a seguir de la juventud de alta alcurnia. No cabe ninguna duda: la humanidad está condenada; pero esa certeza se vuelve más soportable gracias a veladas como la que nos acaban de regalar Chris Robinson Brotherhood. Instantes que te hacen reafirmarte en el hecho de que, pese a todo lo que se le pueda reprochar a este mundo, estar vivo es algo maravilloso.

Fotos: Olivia LH.

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El mesías psicodélico en pleno trance lisérgico

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