The Grateful Dead – Shake’s Picks 11: McGaw Memorial Hall, Northwestern University, Evanston, Illinois, 11/1/1973

Bienvenidos al undécimo volumen de nuestros Shake’s Picks. El hecho de que tras diez entregas siga habiendo infinidad de canciones clave que no hemos cubierto es una metáfora perfecta de la inmensidad del cancionero de los Grateful Dead. Este mes vamos a rendir cuentas con tres de esos grandes clásicos que aún no habían aparecido en la serie y, para ello, vamos a viajar al McGaw Memorial Hall de la Northwestern University en Evanston, Illinois, en la noche del 1 de noviembre de 1973, mi año favorito de la carrera de los Dead que ya visitamos el pasado mes de abril en nuestro Shake’s Picks 4.

En contraste con el carácter más atmosférico y contemplativo de las jams de la primera mitad del año, a partir del verano de 1973 los Grateful Dead empezaron a desarrollar un sonido más frenético y polirrítmico, que añadió un marcado componente de jazz-fusión a la majestuosa psicodelia paisajística que había caracterizado su sonido desde 1972. Propulsados por el punzante tono de Wolf, la nueva guitarra construida especialmente para Jerry García por Doug Irwin, y un revolucionario sistema de sonido que anticipó por unos meses al mastodóntico Wall Of Sound, los shows de noviembre y diciembre del 73 se convirtieron en descomunales liturgias psicodélicas marcadas por excelsas excursiones a través los inauditos recovecos del inconsciente musical colectivo del quinteto.

El otoño de 1973 muestra a los Dead más jazzísticos moviéndose entre la belleza más bucólica y la atonalidad más aterradora con la suavidad de una pluma y la precisión de un reloj suizo, sirviéndose de su sobrenatural instinto psicodélico-orquestal para desbloquear la puerta de acceso a algunos de los pasajes musicales más sobrecogedores que jamás se hayan creado, haciendo gala de una imprevisibilidad y una profundidad inauditas en el lenguaje del rock.

Los shows más populares del otoño comienzan a partir de mediados de noviembre con las tres noches en el Winterland de San Francisco, pero hoy vamos a visitar la gira justamente anterior: un pequeño tour de 8 fechas por el Medio Oeste que arrancó el 19 de octubre en Oklahoma (cuatro días después de la publicación de su sexto disco de estudio Wake Of The Flood) y llegó a su fin el 1 de noviembre con este show en Evanston, Illinois, que al parecer fue bastante accidentado. Los comentarios en Archive.org de gente que estuvo presente aquella noche en el McGaw Memorial Hall mencionan violentos disturbios durante una protesta estudiantil contra la guerra de Vietnam en la pausa entre sets y un final abrupto del concierto por un accidente de Bob Weir, que acabó la noche en el hospital con una herida en un ojo (probablemente se hirió con una cuerda de guitarra), pero nadie lo intuiría escuchando la grabación, que muestra a los Dead interpretando un segundo set absolutamente celestial.

Lo que tenemos aquí es la primera gran jam de ese segundo set, formada por “Morning Dew”, “Playing In The Band” y “Uncle John’s Band”. Esta secuencia es un claro precursor del legendario Playing sandwich que la banda interpretaría en tres ocasiones en los meses siguientes. En esos shows, la jam de “Playing In The Band” conduciría a “Uncle John’s Band”, en cuyas profundidades el quinteto encontraría el camino hacia “Morning Dew” antes de regresar a “Playing” atravesando nuevamente “Uncle John’s”, como si de una suerte de muñeca matrioska psicodélica se tratase. Esta jam del 1 de noviembre podría considerarse un primer intento, menos complejo pero igualmente cautivador, y resulta esclarecedor escuchar a Jerry descubrir la figura inicial de “Playing” en medio del solo de “Morning Dew”, como si de repente encontrara la solución a un rompecabezas que llevase largo tiempo intentando descifrar.

La grabación nos deposita en el instante en que el tintineo de los platos de Bill Kreutzmann anuncia el inicio de “Morning Dew” como la apertura de una sinfonía épica de americana cósmica. Las guitarras pintan un precioso amanecer y los primeros rayos de sol alumbran un inmenso horizonte mientras cada músico va rellenando huecos asemejándose a los cinco engranajes de un mecanismo perfectamente sincronizado. Es una visión sobrecogedoramente hermosa, pero la delicada voz de Jerry García pronto anuncia la fatídica nueva: lo que estamos presenciando es la primera aurora tras la última noche de la raza humana; la plácida tranquilidad que percibimos es realmente la calma tras la pesadilla de un apocalipsis nuclear.

El crescendo es perfecto en su sutileza, el repiqueteo militar de la caja de Kreutzmann dando paso a los gloriosos acordes de Keith Godchaux y las violentas explosiones del bajo de Phil Lesh con un control milimétrico de las dinámicas. Jerry se lamenta, “I guess it doesn’t matter anyway”. Ya no hay vuelta atrás y nos encomendamos a las cuerdas de Wolf, que nos guían en un paseo a través del paisaje matinal en el que apreciamos cada elemento de la naturaleza en su majestuosa plenitud: la solemnidad de los árboles, la impasible perennidad de las nubes, el brillo intenso del rocío en las hojas. Todo aquello que el ser humano ha ignorado en su ciego afán de poder y destrucción.

En lugar de concluir la balada, Jerry encuentra un arpegio familiar y el resto le sigue hacia “Playing In The Band”, que desata el júbilo entre el público y por un momento nos hace recuperar la esperanza. Pero la luz del alba no dura eternamente y la jam de “Playing” pronto nos sumerge en la oscuridad de la noche. Billy y Phil aporrean el angustioso ritmo mientras las guitarras recorren la espesura del bosque en una búsqueda desesperada de algo a lo que aferrarse, cualquier vía de escape al vacío eterno de las desoladoras ruinas de la humanidad.

Parece que alcanzamos un claro pero es sólo una ilusión. Los sonidos del bosque se tornan aterradores y las siluetas de los árboles adoptan formas macabras mientras la guitarra de Bob Weir produce ruidos que asemejan los gritos de animales hambrientos que nos cercan a cada paso. No hay salida, estamos perdidos en la inmensidad de la maleza y nos sumimos en nuestra propia demencia, atormentados por la carga del crimen definitivo del hombre. Pero justo cuando los últimos vestigios de cordura están a punto de abandonarnos a nuestra suerte, Jerry alumbra nuestra salvación: no estamos solos.

Tras la angustiosa travesía de “Playing In The Band”, el inicio de “Uncle John’s Band” nos reconforta con la revelación de que no somos los únicos supervivientes del holocausto. En el corazón del bosque, en una cabaña cuyas paredes están construidas con balas de cañón, existe una comunidad regida por la bondad con un proyecto para partir de cero evitando los errores del pasado. Es un refugio cálido y hogareño en el que la humanidad podría encontrar una nueva oportunidad, y la única pregunta es “Will you come with me?”

Las buenas vibraciones de “Uncle John’s Band” nos iluminan como el crepitar de un fuego de campamento, pero el camino no va a ser fácil y, mientras la guitarra de Jerry resplandece como un relámpago en la noche, las lluvias anuncian el cambio de estación. En la jam que sigue, los Dead luchan por sobreponerse a los elementos y salir adelante, pero el invierno es inclemente y no muestra piedad. Una vez más sentimos cómo el miedo nos insta a abandonar la lucha y buscar el consuelo fácil en la rendición, pero el bajo de Phil Lesh está de nuestro lado y nos superponemos a la adversidad para seguir adelante.

Finalmente, la agotadora epopeya llega a su fin y la coda de “Playing In The Band” anuncia los primeros rayos de sol de la primavera, que traen consigo los primeros frutos de nuestro esfuerzo. “Playing In The Band” llena nuestros corazones de esperanza al confirmar que nuestro sufrimiento no ha sido en vano. Un nuevo día amanece como una ola rompiendo en la arena y, cuando Bobby y Donna Jean Godchaux nos despiden con un tímido “thank you” sonreímos con determinación, decididos a no desperdiciar esta segunda oportunidad.

Descarga: Morning Dew > Playing In The Band > Uncle John’s Band > Playing In The Band (11/1/1973)

El público del McGaw Memorial Hall (tanto esta fotografía como la de portada fueron tomadas el 1 de noviembre de 1973 por Charles Seton)

English text:

Welcome to the eleventh volume of our Shake’s Picks. The fact that, after ten instalments, there are still countless of key songs that we haven’t covered is a testament to the Grateful Dead’s immense songbook. This month we are going to break even with three of those great classics that still haven’t shown up in the series. In order to do so, we are going to travel to McGaw Memorial Hall, at Evanston, Illinois’ Northwestern University on the night of November 1st, 1973, my favourite year of the Dead’s career and one that we already visited last April with our Shake’s Picks 4.

In contrast with the more atmospheric and contemplative nature of the jams from the first half of the year, the summer of 1973 saw The Grateful Dead develop a more frantic, polyrhythmic brand of improvisation that added a jazz-fusion edge to the majestic psychedelic landscapes that had characterized their sound since 1972. Propelled by the piercing tone of Wolf (Jerry García’s new custom guitar built by Doug Irwin) and a revolutionary sound system that predated the colossal Wall Of Sound by a few months, the November and December of 73 shows became huge lysergic liturgies marked by vast excursions through the prodigious corners of the quintet’s musical subconscious.

The fall of 1973 shows a very jazz-inclined Grateful Dead masterfully switching between bucolic beauty and terrifying atonality with the softness of a feather and the precision of a Swiss watch, relying on their supernatural psychedelic-orchestral instinct to unlock the gates to some of the most startling musical passages ever performed, displaying a sense of unpredictability and depth unheard-of in the rock idiom.

The most popular fall shows start in mid-November with an amazing three night run at San Francisco’s Winterland Arena, but today we are going to visit the tour right before that: a short, 8 show trip through the Midwest that kicked off on October 19th in Oklahoma (four days after the release of their sixth studio album, Wake Of The Flood), and came to an end on November 1st with this concert in Evanston, Illinois, which apparently was quite turbulent. The comments from people who attended the show at Archive.org mention a riot ignited by an anti-Vietnam protest during the set break and an abrupt ending to the show when Bob Weir had to be taken to hospital with an injured eye (he probably hurt himself with the loose end of a guitar string). Still, one wouldn’t suspect any of that from hearing the tape, which shows the Dead playing an absolutely heavenly second set.

What we have here is the first big jam of that second set, made up of “Morning Dew”, “Playing In The Band”, and “Uncle John’s Band”. This sequence is a clear precursor to the legendary Playing sandwich that the band would play on three occasions throughout the following months. In those instances, the “Playing” jam would lead into “Uncle John’s Band”, in the depths of which the quintet would find the way into “Morning Dew”, before returning to “Playing” via “Uncle John’s” once again; kind of like a psychedelic Matryoshka doll. This 11/1 jam could be considered a first attempt; less complex but equally captivating, and it’s illuminating to hear Jerry discover the opening figure of “Playing” in the midst of the “Morning Dew” solo, as if he suddenly found the solution to a puzzle he had been trying to solve for a long time.

The recording drops us in the precise moment when Bill Kreutzmann’s cymbals announce the start of “Morning Dew”, like the overture of an epic symphony of cosmic americana. The guitars paint a precious dawn and the first rays of the rising sun light up an immense horizon while each musician fills different gaps, sounding like the five gears of a perfectly synchronized mechanism. It’s a shockingly beautiful vision, but García’s delicate voice soon brings about the fateful news: what we are witnessing is the first morning after mankind’s final night. The placid tranquillity that we perceive is in fact the calm after the stormy nightmare of a nuclear holocaust.

The crescendo is perfect in its subtlety, the military pulse of Kreutzmann’s snare drum giving way to Keith Godchaux’s glorious cascade of chords and the violent explosions of Phil Lesh’s bass, exhibiting a minute control of dynamics. Jerry laments “I guess it doesn’t matter, anyway”. There is no going back and we commend to Wolf’s strings, which guide us on a stroll through the early morning scenery in which we appreciate each element of nature in its majestic plenitude: the solemnity of the trees, the impassible perpetuity of the clouds, the intense sparkle of the dew drops on the leaves. All that which human beings ignored for centuries in their blind and destructive desire for power.

Instead of concluding the ballad, García finds a familiar arpeggio and the rest follow him into “Playing In The Band”, which makes the crowd scream for joy and, for a moment, brings a glimpse of hope. But the morning light doesn’t last eternally, and the “Playing” jam soon immerses us in the dark of night. Billy and Phil pound away the anguished rhythm while the guitars traverse the density of the forest in a desperate search for something to hold on to, any escape route to the eternal void of the desolate ruins of mankind’s self-destruction.

For a moment it seems that we reach a clearing, but it’s merely an illusion. The sounds of the forest take on a menacing tone and the silhouettes of the trees adopt macabre shapes as Bob Weir’s guitar produces noises that recall the manic cries of bloodthirsty animals that follow our steps. There is no way out, we are lost in the thicket and we sink into madness, tormented by the burden of man’s final crime against himself. But, right when the last traces of sanity are about to abandon us to our fate, Jerry illuminates our salvation: we are not alone.

After the distressing trip of “Playing In The Band”, the start of “Uncle John’s Band” comforts us with the revelation that we are not the sole survivors of the apocalypse. Deep in the heart of the woods, in a hut with walls built of cannonballs, there is a community governed by kindness. A project to start again from scratch, avoiding the errors of the past. It’s a warm and cozy refuge where humanity could find a new chance, and the only question is “Will you come with me?”

The good vibes of “Uncle John’s Band” soothe us like the crackle of a campfire, but the path is not going to be easy and, as García’s guitar shines like lightning at night, the first rains signal a change of season. In the ensuing jam, the Dead fight to overcome the elements, but Winter is harsh and shows no sign of mercy. Once again, we sense fear taking control of ourselves, urging us to give up the struggle and surrender to the easy solace of death, but Phil Lesh’s bass is on our side and we rise above adversity and keep moving ahead.

Finally, our exhausting feat comes to an end and “Playing In The Band” returns to announce the first rays of the spring sun, that bring with them the first fruits of our effort. “Playing” fills our hearts with hope, proving that our suffering hasn’t been in vain. Day breaks on the land like a wave upon the sand and, when Bobby and Donna Jean Godchaux see us off with a timid “thank you”, we smile with self-assurance, determined to make the most of this second chance.

Download: Morning Dew > Playing In The Band > Uncle John’s Band > Playing In The Band

2 pensamientos en “The Grateful Dead – Shake’s Picks 11: McGaw Memorial Hall, Northwestern University, Evanston, Illinois, 11/1/1973

  1. Hey Dave! Great pick. If I had been born a 2 years earlier, I could’ve crawled to this show. It took place just a few blocks from where I grew up. Alas, it was not to be, and I can only imagine the hippies rioting and dancin’ in the streets of this peaceful Chicago suburb.

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