The Grateful Dead – Shake’s Picks 7: Paramount Theatre, Portland, Oregon, 7/26/1972

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Bienvenidos al séptimo volumen de Shake’s Picks. Con la entrega anterior alcanzamos el ecuador de la serie y creo que es el momento idóneo para enfrentarnos a una pieza clave del mito de los Grateful Dead que hasta ahora no nos hemos aventurado a tratar: ha llegado la hora de compartir un “Dark Star”. Para ello, nos vamos a sumergir de lleno en uno de los años más icónicos de la banda que hasta ahora no hemos visitado y que debe gran parte de su leyenda a sus prodigiosas versiones de este tema: 1972. Estad preparados porque vamos a trasladarnos al 26 de julio de 1972 en el Paramount Theatre de Portland, Oregón, y cuando volvamos del viaje es probable que vuestra percepción de la realidad se haya visto alterada para siempre.

En gran medida, “Dark Star” funciona como la metáfora perfecta de los Grateful Dead. La gran epopeya psicodélica que desbloqueaba la puerta hacia el inconsciente musical colectivo de la banda, propulsándola hacia un universo alternativo en el que nada estaba escrito y la improvisación más pura era la única luz que alumbraba el camino. Una experiencia totalmente única cada noche, “Dark Star” se convertía en el punto de partida de un viaje extrasensorial que conducía a los Dead y su público a través de los mil y un recovecos del amplísimo universo musical y emocional de la banda: desde la calma más etérea hasta la locura más frenética, desde la belleza más sublime hasta la oscuridad más angustiosa. Y como si de un ente orgánico se tratara, a medida que transcurrieron los años y los Grateful Dead fueron evolucionando, “Dark Star” cambió con ellos. Desde las primigenias versiones de 1968 empapadas de ácido lisérgico, pasando por la épica psicodélica de 1969 y 1970, la volátil claridad de 1971 o el surrealismo jazzístico de 1972 y 1973, hasta llegar a la locura midi de los noventa, “Dark Star” nunca sonó dos veces igual y se convirtió en el reflejo perfecto del estado anímico, físico y mental de la banda; su medio de expresión más profundo y visceral. Para su público, “Dark Star” era el Santo Grial, una ceremonia cada vez menos común en sus repertorios que cualquier deadhead aspiraba a vivir al menos una vez en directo, como si de un rito iniciático que condujese a una visión más clara del mundo se tratase.

1972 es uno de esos años que los fans de los Grateful Dead veneran con una reverencia prácticamente religiosa. Los cambios introducidos en 1971 habían terminado de consolidarse, con el pianista Keith Godchaux convirtiéndose en el elemento clave que llevó a la banda a consolidar su sonido más jazzístico y experimental, cuando en el mes de abril los Dead se embarcaron en una expedición europea de dos meses que a día de hoy sigue siendo probablemente su gira más mítica. A su regreso a finales de mayo, los Grateful Dead emergieron como un grupo cambiado, que finalmente había conseguido superar ese último escalón que les separaba de la trascendencia más absoluta. Cualquier show del verano de 1972 es un prodigio de iridiscente psicodelia con sus raíces en la tradición norteamericana y sus aspiraciones en el infinito desconocido de la era espacial, marcado por caleidoscópicos “Playin’ In The Band”, irreales “Bird Song”, terroríficos “The Other One”, apoteósicos “Not Fade Away” y, cómo no, catárticos “Dark Star”. Veneta, Oregon; Stanley Theatre; Philadelphia Spectrum… La lista de versiones legendarias en el verano de 1972, cuya sola mención es suficiente para que cualquier deadhead que se precie se postre de rodillas, es interminable, pero hoy vamos a centrarnos en un show menos conocido que aun así atesora un “Dark Star” a la altura de cualquiera de los que acabo de mencionar.

El concierto del 26 de julio en el Paramount Theatre de Portland, Oregón fue el sexto y último de una serie de shows en la segunda mitad de julio que sirvieron como calentamiento para el intenso calendario de los cuatro meses siguientes, cuando los Dead recorrerían el país de arriba a abajo prácticamente sin descanso. Un mes antes, la banda había celebrado su regreso de Europa con un concierto el 17 de junio en el Hollywood Bowl que pasaría a la historia como el último para su teclista original, Ron ‘Pigpen’ McKernan, que una vez más abandonaría el grupo por motivos de salud y acabaría muriendo a causa de su alcoholismo a principios de 1973, cuando tan solo tenía 27 años. Por tanto, estos shows de julio marcaron el regreso a la formación de quinteto, que desde entonces hasta finales de 1974 conduciría a los Dead a algunas de las cotas de lisergia improvisativa más altas de toda su carrera. El del 26 es un concierto muy extenso, como era típico en la época, con un primer pase de más de hora y media que culmina con un impresionante “Playin’ In The Band” seguido de un segundo set muy variado que sobrepasa las dos horas. Hay muchos grandes momentos desperdigados a lo largo de estas cerca de cuatro horas de música, pero el punto álgido es sin duda la descomunal secuencia de 40 minutos que se inicia con “Dark Star”.

Sin reparar en sutilezas previas, Jerry García y Phil Lesh se lanzan directamente al característico riff inicial del tema. El público explota y “Dark Star” empieza a desplegarse suave y lentamente, con ese característico estilo apacible y paisajístico que define a los Dead de 1972. García acarrea sutilmente la melodía principal, pintando un brumoso atardecer estival en el que un majestuoso sol anaranjado empieza a ocultarse tras el horizonte. Bob Weir rellena los huecos con expresionistas figuras más cercanas a un instrumento de viento que a una guitarra rítmica, Keith Godchaux aporta un tono elegíaco al deslizarse por el registro más agudo de su piano y Bill Kreutzmann danza liviana pero firmemente a través de su batería sin atender a una métrica definida. Esta orgánica sinfonía de brillantes colores y texturas que bebe a partes iguales del free jazz y del rock ácido empieza a disolverse sedosamente mientras el dulce trino de la Stratocaster de García se aleja paulatinamente de los rasgos melódicos más reconocibles para adquirir un carácter más cercano al canto de un ave. Los últimos rayos de sol brillan tenuemente tras las nubes y Bill Kreutzmann deja que el ritmo respire, creando un enorme espacio abierto que García rellena con la primera estrofa. La estrella oscura colisiona vertiendo su luz en cenizas y, mientras la lógica se desgarra y las fuerzas empiezan a liberarse de su eje, seguimos a los Dead a través de la lluvia nocturna de diamantes.

La última palabra de García corta el frágil hilo que nos anclaba a la realidad y nos precipitamos en caída libre hacia un universo alternativo. El persistente golpeo de Kreutzmann y los estruendosos lamentos de las guitarras nos guían en un viaje regresivo a través de la historia para devolvernos a una fase más primitiva de nuestra evolución. El atronador bajo de Phil Lesh se une a los retumbantes tambores para crear un ritmo selvático y primario, que evoca nuestro pasado prehistórico e irracional; una era proto-industrial en la que el hombre estaba en mayor comunión con la naturaleza y en contacto con las fuerzas que escapan a una explicación científica y racional. Keith Godchaux se une a esta instintiva danza ancestral y, como si de un trío de jazz extraterrestre se tratara, Billy, Phil y él danzan salvajemente al compás del ritmo vudú. Jerry García empieza a introducir líneas solistas con una precisión y sutileza que evocan al Miles Davis más oscuro, emitiendo ondas de choque multicolores que apelan a partes iguales a un pasado de pureza pre-cultural y a un desquiciado futuro intergaláctico. El quinteto al completo está enganchado a este demente groove de jazz-psych espacial y giran indómitamente a su alrededor como si fuera la música la que toca a la banda y no al revés. Han alcanzado un estado mental superior en el que sólo importa el ahora; adheridos al momento y sometidos al groove que mana de una fuerza que nuestros parámetros racionales no pueden explicar. No hay modo de saber si estamos atrapados en una terrible pesadilla o si hemos despertado a un estado de percepción superior.

Una vez más el ritmo se disuelve, pero cuando creemos que vamos a poder recuperar el aliento, la banda vuelve a tirar de nosotros y nos arrastra hasta las profundidades más desconcertantes de un “Space” en el que Kreutzmann aporrea sus timbales como un primate poseído al son de la cacofonía desatada por el wah wah de García y la púa de Weir arrastrándose por las cuerdas graves de su guitarra. Los gigantescos acordes de Phil Lesh amenazan con hacer añicos la civilización y abren el portal hacia una realidad más plena; oscura, temerosa, inaudita, peligrosa. La materia se descompone y finalmente nos liberamos del velo de la realidad que había distorsionado nuestra visión desde la infancia. Estamos ante un mundo nuevo que jamás hubiéramos imaginado que existía, un lugar en el que las leyes de lo posible, lo cuerdo y lo racional no se aplican. Un mundo más allá de la percepción que desnuda el concepto de realidad para exhibirlo como una falacia; un mero constructo cultural que sólo abarca una pequeña porción de lo que el universo realmente esconde. No sabemos si podremos soportar la idea de seguir adelante sabiendo que todo lo que tomábamos por cierto y seguro no es más que una farsa, y cuando todo parece a punto de desmoronarse levantamos la vista para atisbar cómo las oscuras nubes se apartan para revelar una enorme y deslumbrante luna llena. Justo entonces, Jerry empieza a cantar la segunda estrofa.

La segunda estrofa de “Dark Star” era ya una auténtica rareza a estas alturas de la carrera de los Dead, y aquí aparece como la constatación definitiva de la impactante verdad existencial que nos acaba de ser revelada. ¿Han pasado días, horas, desde que nos adentramos en el abismo? Lo que es seguro es que nuestro concepto de lo que es “real” ha quedado alterado para siempre. El espejo se fractura en reflejos informes de la materia y la mano de cristal se disuelve en girantes pétalos de hielo. La estrella oscura se desvanece y todo lo que persiste son las tinieblas.

Pero el viaje aún no ha terminado. Jerry surge de entre las cenizas de “Dark Star” con la primera estrofa de “Comes A Time” y el resto de la banda le sigue para afrontar una majestuosa y elegíaca versión de la delicada balada que cae sobre nosotros como una reconfortante lluvia de cálida luz solar. La guitarra de García aúlla dulcemente y su voz apela directamente a nuestro corazón. Es la voz del predicador perdido en un mundo que su experiencia vital le ha revelado como un indescifrable valle de prodigios, del hombre común que ha sentido el viento y ha saboreado la lluvia. Sus palabras son miel para el alma tras nuestro tormentoso éxodo a través del otro lado del espejismo de la percepción y construyen un vigorizante final para el trayecto. En un comentario en la web Headyversion, alguien asegura que esta versión de “Comes A Time” “reconstruye la realidad después de que haya sido demolida durante ‘Dark Star'”, y no se me ocurre una definición mejor. La experiencia de los Grateful Dead trasciende los límites de lo estrictamente musical para convertirse en un periplo emocional. Partiendo de nuestra despreocupada ignorancia inicial, la banda nos ha arrastrado por el espeluznante trauma de la revelación de “Dark Star” hasta alcanzar la catarsis final del conocimiento con “Comes A Time”. El ciclo se ha completado. Ahora nos toca seguir adelante con nuestras vidas conscientes de que nuestra percepción de la realidad nunca volverá a ser la misma.

Descarga: Dark Star > Comes A Time (7/26/1972)

Cover 1

García y Weir transitando el eje en 1972

English version:

Welcome to the seventh volume of Shake’s Picks. With the previous instalment we reached the equator of the series and I think this is the perfect moment to deal with a key element of the Grateful Dead’s myth that we haven’t dealt with yet: it’s time to share a “Dark Star”. To do so, we are going to immerse ourselves in one of the Dead’s key years that we haven’t visited yet and which owes a good part of its legend to its monumental versions of this song: 1972. Get ready because we are going to travel to July 26th, 1972, at the Paramount Theatre in Portland, Oregon, and it’s possible that when we return from the trip your perception of reality will have been altered forever.

In many ways, “Dark Star” works as the perfect metaphor of the Grateful Dead. The great psychedelic epic that unlocked the door to the band’s collective musical unconscious, propelling it to an alternative universe in which nothing was written and the purest form of improvisation was the only light illuminating the path. A completely different experience each night, “Dark Star” was the point of departure for an extrasensory journey that took the Dead and their audience through the many corners of the band’s vast musical and emotional universe: from the most ethereal calm to frenzied madness, from sublime beauty to the most distressing darkness. And as if it were an organic entity, as the years went by and the Grateful Dead evolved, “Dark Star” changed with them. From the primitive versions of 1968 soaked in lysergic acid, through the psychedelic monsters of 1969 and 1970, the volatile clarity of 1971, or the jazzy surrealism of 1972 and 73, up until the MIDI madness of the nineties, “Dark Star” never sounded the same way twice and it became the perfect reflection of the band’s emotional, physical, and mental state; their profoundest and most visceral form of expression. For their fans, “Dark Star” was the Holy Grail, a ceremony that was less and less common in their setlists and that any deadhead aspired to experience live at least once, as if it were an initiation rite that lead to a clearer understanding of the world.

1972 is one of those years that Grateful Dead fans revere with an almost religious fervour. The changes introduced in 1971 had finally consolidated, with pianist Keith Godchaux becoming the key element for the band to establish their jazziest and most experimental sound, when in the month of April the Dead embarked on a two month European extravaganza that to this day is still probably their most iconic tour. When they came back in late May, the Grateful Dead emerged as a different group, having finally got beyond that final step that separated them from absolute transcendence. Any show of the summer of 1972 is a wonder of iridescent psychedelia with its roots in the North American tradition and its aspirations in the boundless unknown of the space era, marked by kaleidoscopic “Playing In The Bands”, unreal “Bird Songs”, terrifying “Other Ones”, invigorating “Not Fade Aways”, and, of course, cathartic “Dark Stars”. Veneta, Oregon; Stanley Theatre in New Jersey; the Philadelphia Spectrum… The list of legendary versions whose sole mention is enough to bring any self-respected deadhead to his or her knees is endless. But today we are going to focus on a relatively obscure show that nevertheless treasures a “Dark Star” that has nothing to envy from any of the classics I’ve just enumerated.

The July 26th show at Portland’s Paramount Theatre was the sixth and last of a series of concerts in the second half of July that acted as a kind of warm-up for the intense Schedule of the following four months, when the Dead would travel the country up and down pretty much non-stop. A month before, the band had celebrated their return from Europe with a show at the Hollywood Bowl on June 17th that would go down in history as original keyboardist Ron ‘Pigpen’ McKernan’s last concert. Pigpen would leave the band son afterwards for health issues and would end up dying in early 1973 because of his alcoholism at the age of 27. The July shows, then, signalled the return to the quintet line-up that, from then up until late 1974, would lead the Dead to some of the most blistering heights of lysergic improvisation of their whole career. 7/26 is a huge show, as was typical of the era, with a first set that goes on for over an hour and a half and culminates with an impressive “Playin’ In The Band”, followed by an over two hour long, very diverse second set. There’s a lot of great moments spread throughout these almost four hours of music, but the highlight is undoubtedly the colossal 40 minute sequence that starts with “Dark Star”.

Wasting no time in preliminary subtleties, Jerry García and Phil Lesh jump straight into the song’s characteristic opening riff. The crowd erupts and “Dark Star” starts to unfold slowly and smoothly, with that colourful, jazzy overtone that defines the Dead in 1972. García gently carries the main melody, painting a foggy summer twilight in which a gigantic orange sun starts to hide itself beneath the horizon. Bob Weir fills the gaps with expressionistic figures closer to a wind instrument tan a rhythm guitar, Keith Godchaux adds an elegiac touch gliding through his piano’s upper register, and Bill Kreutzmann dances lightly but firmly through his drum kit with following a given metric. This organic symphony of bright colours and textures that is equal parts free jazz and acid rock starts to silkily dissolve as García’s Stratocaster begins to gradually abandon the most recognizably melodic flourishes to acquire a character closer to a bird’s call. The last rays of sunshine glitter faintly beneath the clouds and Billy lets the rhythm breathe, creating a wide open space that García fills with the first verse. Dark Star crashes pouring its light into ashes; and, as reason tatters and the forces start to tear loose from their axis, we follow the Dead through the transitive nightfall of diamonds.

García’s last word cuts the fragile thread that held us on to reality and we start to fall towards an alternative universe. Kreutzmann’s persistent banging and the thunderous cries of the guitars guide us on a regressive journey through history to take us back to a more primitive stage of our evolution. Phil Lesh’s roaring bass joins the rumbling drums to create a primary jungle rhythm, which evokes our primitive and irrational past; a proto-industrial time when man was in greater communion with the nature and the forces that escape a scientific and rational explanation. Keith Godchaux joins this instinctive ancestral dance and, like an extra-terrestrial jazz trio, Billy, Phil and him swing wildly to the voodoo rhythm. Jerry starts to insert lead lines with a subtlety and precision that brings to mind the darkest Miles Davis, sending out multicolour shockwaves that appeal equally to a past of pre-cultural purity and a deranged intergalactic future. The whole quintet is locked into this demented groove of space jazz-psych and spin madly around it as if the music was playing the band and not the other way round. They have reached a higher state of mind in which only the now matters; stuck to the moment and slave to the groove which flows from an unknown force that our rational parameters cannot explain. There’s no way to know if we are trapped in a horrible nightmare or we have awoken to a higher state of perception.

Once again the rhythm dissolves. But when we think we finally have a chance to catch our breath the band grabs hold of us again and drags us into the shocking depths of a demented “Space” in which Kreutzmann hits his drums like a possessed primate to the cacophony unleashed by García’s wah wah and Weir’s pick scraping the low strings of his guitar. Phil Lesh’s chords fall like bombs threatening to tear down Western civilization and open the hallway to a more intense reality; dark, sombre, unknown, dangerous. Matter decomposes and we are finally freed from the veil of perception that has clouded our vision since childhood. We are witnessing a new world that we never could have imagined existed, a place in which the laws of what is possible, sane, and rational do not apply. A world beyond perception that strips the concept of reality to expose it as a fallacy; a mere cultural construct that only encompasses a small portion of what the universe really hides. We don’t know if we’ll be able to go on now that we’ve discovered that everything that we took as true and safe is nothing but a farce, and when our mind seems about to collapse we raise our eyes and envisage how the dark clouds part to reveal an enormous, dazzling full moon. Right then, Jerry starts to sing the second verse.

At this stage of the Dead’s career, the second verse of “Dark Star” was an absolute rarity, and here it appears as the final verification of the shocking existential truth that has been revealed to us. Has it been hours, days, since we headed into the abyss? What is sure is that our concept of what’s “real” has been altered forever. The mirror shatters in formless reflections of matter and the glass hand dissolves to ice petal flowers revolving. Dark Star dissolves and all that persists is blackness.

But the trip is not over yet. Jerry rises from the ashes of “Dark Star” with the first verse of “Comes A Time”, and the rest of the band follows him on a majestic version of the ballad that falls over us like a restorative rain of warm sunlight. García’s guitar howls sweetly and his voice speaks directly to our heart. It’s the voice of the preacher lost in a world that his vital experience has revealed as an indecipherable valley of wonders; of the common man that has felt the wind and tasted the rain. His words are honey for our soul after our tempestuous exile through the other side of the mirage of perception and signal an invigorating end for our transit. On a comment in the Headyversion website, somebody claims that this version of “Comes A Time” “reconstructs reality after it was demolished during ‘Dark Star’” and I can’t think of a better description. The Grateful Dead experience transcends the limits of music to become an emotional voyage. Starting from our initial carefree ignorance, the band has dragged us through the shocking trauma of revelation during “Dark Star” to reach the final catharsis of knowledge with “Comes A Time”. The cycle has been completed. Now it’s our turn to go on with our lives conscious that our perception of reality will never be the same again.

Download: Dark Star > Comes A Time (7/26/1972)

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