The Grateful Dead – Shake’s Picks 6: Paramount Theatre, Portland, Oregon, 6/3/1976

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Bienvenidos a la sexta entrega de Shake’s Picks. Si en los dos volúmenes anteriores ahondamos en la época más jazzística y expansiva de los Grateful Dead, acompañando a la banda en sendas exploraciones sónicas por los confines más estruendosos de los años 1973 y 1974, este mes cambiamos completamente de tercio para enfatizar una faceta bien distinta de su sonido. Para ello nos vamos a zambullir de lleno en un año que raramente suele mencionarse entre los mejores de su carrera (quizá ensombrecido por la grandeza y popularidad del siguiente) pero que sin embargo guarda incontables tesoros a la espera de quienes se decidan a indagar en sus profundidades. Hablamos de 1976.

El año 1976, bicentenario de la fundación de Estados Unidos, marcó un nuevo comienzo para los Grateful Dead. Extenuados por el desgaste físico y emocional acumulado tras 10 años en la carretera, lastrados económicamente por los elevados costes de girar con su mastodóntico Wall Of Sound y diezmados por un preocupante catálogo de adicciones, los miembros de la banda habían decidido tomarse un descanso indefinido a finales de 1974. 1975 fue el año más atípico de toda su carrera ya que, pese a grabar un nuevo disco de estudio, el excelente Blues For Allah, los Dead no salieron de gira, ofreciendo tan solo cuatro conciertos en la Costa Oeste y centrándose a cambio en diversos proyectos en solitario. Más de un año y medio después de sus conciertos de despedida en el Winterland Ballroom de su San Francisco natal, no obstante, la banda decidió que el descanso ya había durado lo suficiente y anunció una nueva gira que recorrería la Costa Este a lo largo de junio de 1976 para culminar con 6 noches en el Orpheum Theatre de San Francisco. Sería el primer acto de un nuevo capítulo en la historia de la banda que se alargaría otros 20 años.

Los Grateful Dead que se lanzaron a la carretera en junio del 76 eran una banda muy distinta a la que se despidió en Winterland en octubre de 1974.  Para empezar, el Wall Of Sound fue sustituido por una PA mucho más reducida y manejable que la banda optó por poner en práctica en locales más reducidos. Así, los grandes estadios y pabellones que habían llenado en 1973 y 1974 fueron sustituidos por teatros más pequeños que generalmente contaban con una mejor acústica. Pero los cambios no se restringieron únicamente al aspecto logístico. Musicalmente estos nuevos Dead también distaban bastante de su anterior encarnación.

Para empezar, el segundo batería Mickey Hart había regresado al redil después de una prolongada ausencia desde principios de 1971, cuando había abandonado la banda avergonzado después de que su padre y mánager de los Dead Lenny Hart desapareciera del mapa llevándose consigo gran parte de los ingresos del grupo (los Dead escribirían el clásico “He’s Gone” en su “honor” y sus abogados le localizarían un año después, afincado en San Diego y convertido ni más ni menos que en reverendo bautista). El nuevo septeto sustituyó las exploraciones más lisérgicas  y atonales de la era del Wall Of Sound por un acercamiento más dulce y pausado. El espíritu de la banda seguía siendo el mismo y las largas jams instrumentales seguían siendo su seña de identidad pero las improvisaciones adquirieron un matiz más relajado y menos estridente. “Dark Star”, la gran epopeya lisérgica de la banda, no volvería a sonar en directo hasta la Nochevieja de 1978, pero a cambio los Dead contaban con un cancionero totalmente renovado, con nuevos temas extraídos de Blues For Allah, el genial Reflections de Jerry García y el primer disco de Kingfish con Bob Weir, así como numerosas canciones que regresaron al repertorio tras años de ausencia, como el clásico entre los clásicos “St. Stephen” (a cuyas idas y venidas del setlist de la banda le dedicamos uno de los primeros artículos del blog), “Cassidy”, “Friend Of The Devil” o “Cosmic Charlie”.

Muchos fans de los Grateful Dead consideran 1976 un año menor, arguyendo que la banda interpretaba las canciones con una cadencia demasiado lenta y que, al contrario que en 1977, las improvisaciones nunca terminaban de explotar. Sin embargo, para mí esa aletargada suavidad es precisamente uno de los grandes encantos que hacen que los shows de 1976 tengan un sonido único, y es el vehículo que emplean para adentrase en algunos de los pasajes improvisativos más fascinantes de toda su carrera. Es indiscutible, además, que el descanso de un año y medio hizo que los Dead regresaran con energías renovadas. Las cintas de 1976 muestran a una banda que se lo está pasando muy bien sobre el escenario y que además suena muy bien, ya que obviamente se han tomado su tiempo para ensayar y pulir algunas de las aristas características de su sonido de años anteriores. Vocalmente, por ejemplo, los Grateful Dead nunca han sonado tan bien como en 1976, como demuestran las preciosas armonías entre García, Weir y la injustamente defenestrada Donna Jean Godchaux en cualquier versión de ese año de canciones como “Mission In The Rain”, “Eyes Of The World” o “Row Jimmy”.

Todos estos aspectos que hacen de 1976 un año tan especial están presentes en este concierto del 3 de junio en el Paramount Theatre de Portland, Oregón. Se trata del primer show de la gira y de su primera visita a la Costa Este en casi dos años y eso se nota. El público se muestra totalmente entregado y la banda responde ofreciendo un concierto sublime en el que estrenan ni más ni menos que seis temas: la inicial “Might As Well” de Reflections, la dupla de Weir “Lazy Lightnin’ > Supplication” extraída del álbum de Kingfish, el arreglo disco de “Dancin’ In The Streets” con el que cierran el primer set, “Samson and Delilah” que aparecería en su siguiente disco de estudio Terrapin Station, y “The Wheel” que sirve de bis y pese a pertenecer al primer disco en solitario de García de 1972 nunca había sido interpretada en directo hasta entonces. Además la genial grabación efectuada desde el público sirve para recrear de manera magistral el aura de celebración que se vivió esa noche en Portland. Estamos ante una cinta clásica, que además de contar con un sonido perfecto captura impagables fragmentos de conversaciones entre miembros del público entre tema y tema. El momento álgido es probablemente después de “The Music Never Stopped” cuando un fan empieza a criticar al pianista Keith Godchaux. Alguien le dice “Veo que no te gusta mucho Keith, ¿verdad?” y este responde “No, pero me gustaría follarme a su mujer”. The Good Ol’ Grateful Dead, amigos.

Nuestra grabación nos deposita justo al final de “Samson and Delilah”, el tema con el que habían abierto el segundo set. Un miembro del público grita reclamando “Truckin'” (una petición que no sería atendida hasta el 3 de noviembre de 1977 cuando la banda recuperara el gran clásico de American Beauty al final de su multitudinario concierto en el Raceway Park de Englishtown, Nueva Jersey) pero en su lugar los Dead se lanzan de cabeza a una magistral versión de “Crazy Fingers”, la preciosa balada de Blues For Allah. Los arpegios de las guitarras y el piano forman majestuosas cascadas de agua cristalina que emiten brillantes reflejos de miles de colores y cuando Jerry empieza a cantar el frágil sentimiento de su voz es un dardo directo al corazón. El envolvente ritmo sincopado de las estrofas crea una hipnótica sensación de ensoñación psicodélica y al llegar el estribillo una Donna Jean magistral eleva a la banda hasta un estado de gracia superior, resplandeciendo como una estrella fugaz que surca un oscuro cielo estival apuntando hacia un lugar en el que la vida es más dulce. Las partes vocales se van alternando suavemente con sinuosos pasajes instrumentales en los que la guitarra de García teje luminosos hilos a través del enrevesado tapiz creado por Keith, Bobby y un punzante Phil Lesh.

Después de la última estrofa la banda regresa a la intro y Jerry se abre paso bordeando la cascada de arpegios como una luciérnaga que tantea cuidadosamente su recorrido a través de un caudaloso y oscuro río. La intensidad empieza a crecer y Phil apunta un cambio de acorde que alumbra una nueva dirección, aportando un decidido aire oriental a la improvisación. El resto de la banda le sigue y cuando queremos darnos cuenta estamos sobrevolando un paisaje desértico al atardecer a lomos de una alfombra voladora. La brisa nos acaricia el rostro y atisbamos un exótico palacio de imponentes cúpulas en el horizonte pero de repente la alfombra desciende. La música se disuelve y nos abandona en un extraño e incierto paraje sostenidos únicamente por el repique del charles de Bill Kreutzmann. Es entonces cuando Jerry acude a nuestro rescate, haciendo vibrar la tierra y lanzándonos de nuevo a las alturas con el inconfundible acorde inicial de “Wharf Rat”.

García navega las apacibles aguas de la intro de manera suave y relajada, fundiendo sus punteos con los arpegios de Bobby y Keith haciendo que la canción se abra poco a poco como los pétalos de una flor. Cuando finalmente empieza a cantar, Jerry opta por retrasar el final de la primera estrofa y el resto de la banda se pierde por un momento hasta que el guitarrista finalmente acomete ese “I got no dime” y podemos escuchar la sonrisa en sus labios. “Wharf Rat” fluye plácidamente, abriendo multitud de huecos para innumerables contrapuntos melódicos que Keith, Jerry y Phil introducen entre las líneas de voz. Las armonías vocales de la parte central ponen los pelos de punta y cuando la cadencia remonta para la sección final los dos baterías aportan un decidido aire de marcha triunfal que conduce a un clímax instrumental que suena como la banda sonora de un salón de banquetes en el que relucientes esqueletos ataviados con sus mejores galas bailan un sedoso vals psicodélico. Lentamente, la música empieza a adquirir un matiz desconcertante con el bajo de Phil señalando el camino hacia un lugar más oscuro e inquietante. El terreno parece allanado para una jam de “Space” pero en medio del desconcierto Bobby deja caer un característico acorde de La menor séptima y el público estalla en vítores sabiendo lo que se viene encima.

Los Dead salen disparados a toda velocidad por las sinuosas curvas de un “Let It Grow” que a partir de 1976 nunca volvería a ir precedido de la “Weather Report Suite”. Phil baila locamente por su mástil y Mickey Hart aporrea su cencerro mientras la guitarra de García ruge durante las estrofas como una fiera atrapada impaciente por ser liberada. Una vez más las armonías de los estribillos son perfectas y el solo tiene un sugerente deje español, con Hart marcando un redoble casi militar en su caja mientras García dibuja trazos de aire flamenco. La última estrofa da paso a una intensa jam en la que Keith se ocupa de abrir agujeros en los que Jerry se zambulle plácidamente con Lesh pisándole los talones hasta que un pequeño interludio a cargo de los baterías precede a un último estribillo que explota con una fuerza que haría saltar de su silla a cualquier escéptico de los que aseguran que el nivel de energía de los Dead estaba por debajo de la media en 1976.

Ahora es Phil quien toma las riendas de la improvisación, dirigiendo a la banda hacia un paisaje más oscuro en el que una furiosa tormenta empieza a formarse en el horizonte. Sin pensárselo dos veces, los músicos se adentran directamente en el ojo del huracán y cada instrumento empieza a girar a una velocidad diferente, lanzados por el poder de la tormenta en distintas direcciones mientras dibujan extrañas espirales asimétricas que sin embargo se combinan para crear un cuadro cubista sublime. Una vez más parece que esta locura sólo puede conducir a “Space” pero Keith Godchaux lanza el ancla y nos devuelve a tierra firme recuperando la cadencia de “Let It Grow”. Quizá mareados por el inquietante poder que acaban de desatar, García y Weir no consiguen que sus guitarras se fundan durante la melodía final del tema, que suena extrañamente desafinada. Aun así Jerry no cesa en su empeño y opta por enlazar la última nota de “Let It Grow” con la introducción descendente de “Stella Blue” pero el resto de la banda no le sigue, probablemente indicando que necesitan un respiro tras estos intensos 40 minutos. No les culpo.

Descarga: Crazy Fingers > Wharf Rat > Let It Grow (6/3/1976)

Cow Palace

Jerry García y Bob Weir en directo en 1976

English version:

Welcome to the sixth instalment of Shake’s Picks. In the two previous volumes we digged into the jazziest and most expansive era of The Grateful Dead, joining the band in a couple of sonic explorations through the thunderous confines of the years 1973 and 1974. This month we are going to switch the register completely to emphasize a very different aspect of the band’s sound. In order to do so we are going to plunge straight into a year that rarely gets mentioned among the best of their career (maybe overshadowed by the popularity of the following year) but which nevertheless keeps countless treasures in store awaiting for anyone willing to investigate its depths. That year is 1976.

1976, bicentennial of the foundation of the United States, signalled a new beginning for the Grateful Dead. Physically and psychologically exhausted after 10 years on the road, put down by the huge costs of touring with their enormous Wall Of Sound system, and hauling an ever increasing catalog of addictions, the band members decided to go on a hiatus at the end of 1974. 1975 was the most atypical year of their whole career because, although they recorded a new studio album, the excellent Blues For Allah, the Dead didn’t go out on the road, offering only four concerts in the West Coast and concentrating instead on various solo projects. Over a year and a half after their farewell shows at San Francisco’s Winterland Ballroom, though, the band decided the break had lasted enough and announced a new tour that would take them through the East Coast in June of 1976 and culminate with six shows at their hometown’s Orpheum Theatre. It would be the first act of a new chapter in the Dead’s history; one that would go on for another 20 years.

The Grateful Dead that hit the road in June of 76 were a very different band from the one that had bid their fans goodbye at Winterland in October of 1974. For starters, the Wall Of Sound was replaced by a much smaller and practical PA that the group decided to put to work in smaller venues. As such, the big stadiums and pavilions they had sold out throughout 1973 and 1974 were switched for smaller theatres that often offered better acoustics. But the changes weren’t restricted to the aspect of logistics. Musically, these new Dead also differed quite a bit from their latest incarnation.

To begin with, second drummer Mickey Hart was back in the fold after a prolonged absence since early 1971, when he had left the band embarrassed by the actions of his father Lenny Hart, one time manager of the Dead who had split with a large amount of the band’s income (the Dead wrote the classic “He’s Gone” in his “honour” and their lawyers found him a year later established in San Diego, where he had become no less than a baptist reverend). The new septet replaced the more lysergic and atonal experimentation of the Wall Of Sound era with a warmer, more gentle approach. The spirit of the band remained unchanged and the long instrumental jams were still their hallmark, but the improvisations acquired a lazier, relaxed rather than strident, vibe. Their great lysergic tour de force “Dark Star” would not be played live again until New Year’s Eve 1978, but in turn the Dead had a renewed songbook, drawing from Blues For Allah, Jerry García’s great Reflections, and the first Kingfish album with Bob Weir. Also, several songs returned to the setlist after years of absence, such as their undisputed classic “St. Stephen”, “Cassidy”, “Friend Of The Devil”, and “Cosmic Charlie”.

Many deadheads consider 1976 a minor year, arguing that the songs were played so slow that they tended to drag and that, in contrast to 1977, the jams never really got to explode. Still, I find this lethargic quality one of the great charms that give 76 shows a unique sound, as it is precisely the vehicle they use to dig into some of the most fascinating improvisational passages of their whole career. It is also undeniable that the year and a half of rest allowed the band to return with a fresh energy. Tapes from 1976 show a group of musicians who are really having a great time playing onstage together and sounding really good, as they obviously had taken their time to rehearse in order to polish some of the rougher edges of their sound of the previous years. Vocally, for instance, the Dead never sounded better than they did on 1976, as proved by the beautiful vocal harmonies between García, Weir, and the unjustly demonized Donna Jean Godchaux, in any version of “Mission In The Rain”, “Eyes Of The World”, or “Row Jimmy” from that year.

All these aspects that make 1976 such a special moment in the Dead’s history are present in this June 3rd show from the Paramount Theatre in Portland, Oregon. This was the first concert of the tour and their first visit to the East Coast in almost two years and you can really feel how much of a special occasion this night was. The crowd are absolutely committed and the band rises up to their expectations with a sublime show that saw the debut of no less than six songs: the opening “Might As Well” from Reflections, Weir’s double feature “Lazy Lightnin’ > Supplication” from the Kingfish album, the disco arrangement of “Dancin’ In The Streets” that closes the first set, “Samson and Delilah” which they would record for their next LP Terrapin Station, and “The Wheel” which serves as an encore and, although it appeared on García’s first solo album from 1972, had never been played live before. The audience recording does a masterful job of recreating the aura of celebration among the crowd that night in Portland. This is a classic tape which, apart from featuring a perfect sound quality, captures priceless fragments of conversations between audience members. The highlight comes after “The Music Never Stopped” when this guy asks his friend “You don’t like Keith much, do you?” and he answers “I’d like to fuck his wife”. The Good Ol’ Grateful Dead, my friends.

Our recording drops us right after “Samson and Delilah”, the opening song of the second set. We hear calls for “Truckin’” (another classic that would take its time to return to the setlist – deadheads would have to wait until the massive concert at Englishtown’s Raceway Park on November 3rd, 1977) but instead the Dead launch straight into a gorgeous rendition of “Crazy Fingers”, the ballad from Blues For Allah. The arpeggios from the guitars and the piano form majestic cascades of crystalline water that emit shiny reflections of a thousand colors, and when Jerry starts to sing the fragile feeling of his voice is an arrow aimed straight at the heart. The enveloping syncopated rhythm of the verses creates a hypnotic sensation of psychedelic daydream and when the chorus comes along a flawless Donna Jean lifts the band up to a higher state of grace, gleaming like a shooting star in a dark summer sky that points the way to place where life may be sweeter. The vocal parts smoothly alternate with instrumental passages in which García’s guitar lines are like dazzling threads which spiral around the complicated tapestry woven by Keith, Bobby and a playful Phil Lesh.

The intro returns once again after the last verse and Jerry negotiates his path around the waterfall of arpeggiated notes like a dragonfly that carefully makes its way across a wide, fast-flowing river. The intensity level rises and Phil signals a chord change that lights up a new direction, giving the jam a decidedly oriental feel. The rest of the band follows him and, when we realize, we are floating above a vast desert landscape on the back of a gently rocking magic carpet. The breeze caresses our skin and we start to discern a huge palace of impressive domes on the horizon but suddenly the magic carpet starts its descent. The music dissolves and abandons us on a strange and disturbing spot with only Bill Kreutzmann’s charles cymbal clasping us to reality. It is right then that Jerry comes to our rescue, making the Earth shake and throwing us back to the skies with the opening chord of “Wharf Rat”.

García sails the calm waters of the intro in a gentle and unhurried way, melting his lead lines with Bobby’s and Keith’s chords to open up the song slowly like the petals of a flower. When he finally starts to sing, Jerry chooses to delay the last line of the first verse and the rest of the band gets lost for a moment. When he returns with his “I got no dime” line you can almost hear the guitarist’s smile. “Wharf Rat” flows placidly, opening countless spaces for the sweet melodic counterpoints that Keith, Jerry, and Phil insert between the vocal lines. The harmonies in the bridge make our hair stand on end and when the beat climbs back up for the final section the two drummers imbue the tune with the air of a triumphant march. The instrumental climax that follows sounds like the soundtrack to a banquet hall in which shiny skeletons dressed in their Sunday best swing to a silky psychedelic waltz. Slowly, the music starts to develop an unsettling shade, with Phil’s bass pointing the path to a darker, more disturbing space. It looks as if indeed we were heading for “Space” but in the midst of confusion Bobby drops a signature A minor seventh chord and the crowd erupts aware of what’s coming next.

The Dead shoot off at high speed through the meandering twists and turns of a “Let It Grow” that from 1976 onwards would never be preceded by the “Weather Report Suite” again. Phil dances madly though his fretboard and Mickey Hart blasts away at his cowbell while García’s guitar roars through the verses like a caged beast anxious to be set free. Once again the vocal harmonies of the choruses are spot on and the solo has a playful Spanish vibe, with Hart playing an almost military drum roll in his snare and García drawing sketches of flamenco. The last verse gives way to an intense jam in which Keith opens holes into which García jumps head first with Lesh hot on his heels until a short drum interlude precedes a last chorus that explodes with a sheer force that would make any skeptic of the Dead’s ability to raise a lysergic jamboree in 1976 jump from his seat.

It is Phil who takes the driver’s seat now, directing the band to a menacing landscape where a furious storm is starting to build up on the horizon. Without thinking twice, the musicians step right into the eye of the hurricane and every instrument starts to spin madly in a different direction, propelled on different directions by the power of the storm as they paint strange asymmetric spirals that somehow combine to create a sublime cubist painting. Once again it seems that this madness can only lead to “Space” but Keith Godchaux throws the anchor and pulls us back to the mainland by bringing back the “Let It Grow” cadence. Probably dizzy after the wild ride they’ve just been on, García and Weir are incapable of merging their guitars for the closing melody, which sounds strangely out of tune. Nevertheless, Jerry is determined to go on and fuses the last note of “Let It Grow” with the familiar descending figure that leads into “Stella Blue” but the rest of the band doesn’t follow him, probably needing a break after the intensity of the last 40 minutes. I don’t blame them.

Download: Crazy Fingers > Wharf Rat > Let It Grow (6/3/1976)

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