Fare Thee Well Santa Clara

Rainbow

Por fin llegó el día. Tras meses de espera, nervios y especulación la madrugada del domingo nos reunimos en torno a un proyector para ver cómo los cuatro miembros supervivientes de los Grateful Dead volvían a subirse juntos a un escenario para el primero de una serie de cinco conciertos con los que aparentemente pondrán el punto y final definitivo a ese extraño viaje en el que llevan embarcados medio siglo.

Poco importaban los más de nueve mil kilómetros que nos separaban de Santa Clara y las nueve horas de diferencia horaria entre España y California. Cuando Phil Lesh, Bob Weir, Bill Kreutzmann y Mickey Hart aparecieron en la pantalla cerca de las cuatro y media de la mañana acompañados de Trey Anastasio, Bruce Hornsby y Jeff Chimenti automáticamente nos convertimos en otro más de los aproximadamente 80.000 deadheads que abarrotaban el Levi’s Stadium a unas soleadas siete de la tarde.

Muchas han sido las dudas e incógnitas que han rodeado este Fare Thee Well desde que los tres conciertos de Chicago (a los que unos meses después, debido a la polémica por la venta de entradas por internet, se sumaron dos fechas más en Santa Clara) se anunciaran a principios de enero. ¿Estaría Trey Anastasio de Phish a la altura para calzarse las botas de Jerry García? ¿En qué estado de salud se encontraría Bob Weir tras la cancelación de la gira de Ratdog del pasado verano por motivos de salud, tras la cual sus apariciones públicas han sido contadas? ¿Afectarían las supuestas desavenencias personales entre el bajista Phil Lesh y los baterías Bill Kreutzmann y Mickey Hart a la música? Y, quizá lo más importante, ¿conseguirían los Core Four volver a conjurar el espíritu de los Grateful Dead?

Saturday

Phil Lesh, Bill Kreutzmann, Bob Weir y Mickey Hart de nuevo juntos sobre un escenario (foto: Jay Blakesberg)

La última pregunta se resolvió de manera afirmativa desde el primer segundo, cuando los músicos, como ajenos al hecho de que cientos de miles de ojos estaban clavados en ellos desde todos los rincones del planeta, se lanzaron a una extraña jam que no terminó de arrancar y en la que se les vio bastante perdidos, lanzándose miradas de desconcierto los unos a los otros antes de resolver desmañadamente con la intro del clásico “Truckin'”. Cualquier otro grupo hubiera preparado el inicio de un concierto tan importante a conciencia pero se me ocurren pocas cosas menos quintaesencialmente Grateful Dead que plantarse ante el mundo conocedores de la expectación suscitada por su reunión tras años siguiendo caminos separados y dejar el primer tema totalmente en manos del azar y la inspiración, aún a sabiendas de que un escenario gigante en medio de un estadio de fútbol a pleno sol no es precisamente el marco más apropiado para que la chispa vuelva a surgir desde el primer momento entre músicos que llevan años sin tocar juntos.

Este, amigos, es el genuino espíritu de los Dead; esa alegre despreocupación del aventurero que se adentra sonriente en las fauces del tigre sin si quiera reparar en los peligros que se pueda encontrar que les distingue de cualquier otra banda de la historia del rock and roll. Es por ello que, pese a la torpe versión de “Truckin'” que salía de los altavoces no pude evitar esbozar una gran sonrisa: los Grateful Dead estaban de vuelta.

No obstante, el resto de preguntas tardaron más en resolverse ya que el primer set no terminó de arrancar del todo. Clásicos como “Uncle John’s Band” y “Cumberland Blues” sonaron bien y la banda nos sorprendió recuperando temas de su primerísima época como “Cream Puff War” o “Born Cross-Eyed” pero la magia no estaba del todo presente y la música no terminaba de brillar como se esperaba. Es por ello que cuando el septeto se retiró tras apenas una hora y diez minutos con una versión de “Viola Lee Blues” que no alcanzó las cimas estratosféricas comúnmente asociadas a dicho tema empecé a temerme lo peor. El parón de más de una hora que siguió tampoco ayudó a tranquilizarme (pese al precioso hilo musical que acompañó al montaje de vídeo y fotos que se proyectó en las pantallas del estadio durante el descanso, tomado de una serie de jams instrumentales que Neal Casal de Chris Robinson Brotherhood ha conducido especialmente para la ocasión).

©John Margaretten

El espectacular escenario erigido en el Levi’s Stadium (foto: John Margaretten)

He de confesar que por un momento perdí la fé en los Grateful Dead y temí lo peor: que este Fare Thee Well se acabara convirtiendo en una gran decepción que lastrara para siempre el legado de la banda con un final poco digno de su leyenda. Pero, una vez más, los Dead demostraron estar por encima de todo. Especialistas en lanzarse al vacío sin cable de seguridad y aterrizar de pie justo en el último segundo cuando la colisión parecía inevitable, la banda probó que mis miedos eran infundados y me convenció de no volver a dudar de ellos jamás.

No sé si se debería a una bronca en el camerino o a todo lo contrario. Puede que los músicos necesitaran un tiempo para aclimatarse los unos a los otros o quizá incluso fuera cosa del precioso arcoíris que apareció sobre el estadio durante “Viola Lee Blues” y que muchos han interpretado como una manifestación del espíritu de Jerry García dando su beneplácito a esta reunión pero la banda que salió al escenario para el segundo set era otra. Desde las escalofriantes primeras notas de “Cryptical Envelopment” hasta el último acorde de “Morning Dew” los Grateful Dead nos regalaron más de dos horas ininterrumpidas de magia, de inspiración lisérgica y música convertida en maná para el alma. Los músicos estaban totalmente enchufados, con Bobby abriendo innumerables caminos en las jams con su inigualable estilo de guitarra rítmica dadaísta, Phil Lesh haciendo temblar el planeta entero con sus bombas de graves, Bill Kreutzmann y Mickey Hart acentuando cada inflexión de los guitarristas, el piano de Bruce Hornsby y el teclado de Jeff Chimenti añadiendo miles de matices y un Trey Anastasio absolutamente desatado, acallando a los escépticos a base de solos caleidoscópicos e ideas innovadoras en las jams.

El repertorio se centró en los Dead más psicodélicos de finales de los sesenta, con “Cryptical Envelopment” apuntando hacia “The Other One” pero finalmente asentándose en un “Dark Star” sublime acompañado de fuegos artificiales que transitó numerosos caminos abriéndose y contrayéndose como si tuviera vida propia antes de asentarse en un “St. Stephen” glorioso que incluyó una improvisación modal comandada por Trey absolutamente estremecedora antes de la última estrofa, que fue seguida de la emblemática secuencia de William Tell, que sólo podía significar que a continuación llegaba “The Eleven”. “Eleven” se dobló en miles de esquinas de afiladas aristas que dibujaban figuras geométricas imposibles antes de fundirse con un festivo “Turn On Your Lovelight” cantado con gran pasión por Bobby.

Trey Phil Bob

Trey Anastasio, Phil Lesh y Bob Weir el sábado en el Levi’s Stadium

Por un momento pensé que “Lovelight” sería el último tema de la noche pero el clásico de Bobby Blue Bland dio paso al inevitable “Drums”, durante el cual Kreutzmann y Hart sacaron a relucir todo su arsenal de tambores exóticos para invocar una tormenta de percusión que por instantes adquirió matices casi de rave debido a las programaciones electrónicas con las que jugueteó Mickey. Poco a poco el resto de la banda fue regresando al escenario para reconducir “Drums” hacia “Space” y fue entonces cuando llegó una de las grandes sorpresas de la noche: Phil Lesh empezó a recitar fragmentos ni más ni menos que de “What’s Become Of The Baby”, el extraño collage sonoro que la mayoría de gente se salta al escuchar Aoxomoxoa (algo así como el “Revolution 9” de los Grateful Dead) y que no creo que apareciera ni en las quinielas de los fans más dementes de cara a este Fare Thee Well.

“Space” dio paso, esta vez sí, a un demoledor “The Other One” que no se alargó demasiado y en su lugar sirvió de antesala para una versión de “Morning Dew” que, prácticamente a las nueve de la mañana hora española, fue una experiencia que directamente fue más allá de lo religioso. Bobby cantó con una pasión sobrecogedora y las notas del solo de Trey brillaron como los primeros rayos de sol de la mañana reflejando miles de colores en las gotas de rocío, poniendo el broche perfecto a más de dos horas ininterrumpidas de música. La banda regresó al escenario una vez más para una desenfadada lectura de “Casey Jones” cantada por Bruce Hornsby que nos mandó a todos a la cama extenuados pero con una enorme sonrisa dibujada en los labios.

Setlist 1

Setlist del concierto del sábado (foto extraída de la cuenta de Twitter de Bill Walton)

El segundo show arrancó con un enérgico “Feel Like A Stranger” que fue seguido de un “Brown Eyed Women” cantado por Hornsby que tristemente nos perdimos al tener que reiniciar el ordenador para solucionar una serie de problemas técnicos con el streaming. Cuando conseguimos volver a conectarnos la banda se encontraba a medio camino de una festiva versión de “Loose Lucy” que a continuación dio paso a “Loser”. En general el set sonó bien pero, al menos en mi opinión, pecó de una selección de temas bastante mejorable. No tengo nada en contra de canciones como “Loose Lucy”, “New Minglewood Blues” o “Alabama Getaway” pero, teniendo en cuenta que sólo va a haber 5 conciertos y que cada tema que suene implicará que otros se quedan fuera, no son composiciones que yo hubiera incluido en mi lista de peticiones. “Row Jimmy” sonó a gloria y, aunque pasé algo de miedo al ver a Bobby sacar el slide para “Black Peter”, finalmente no hubo que lamentar males mayores. El set llegó a su fin con una electrizante “Hell In A Bucket”, otro tema que no está entre mis favoritos pero que sin embargo me sorprendió gratamente.

Una vez más el parón entre sets se hizo largo pero también una vez más la espera mereció la pena con creces. Si el repertorio del segundo set del sábado parecía sacado del año 1969 la primera parte del del domingo bien podría haber pertenecido a 1973. La banda regresó a escena con un triunfal “Mississippi Half Step Uptown Toodeloo” que se fue disolviendo poco a poco para dar paso a un “Wharf Rat” totalmente sobrecogedor que sirvió de lanzadera para una extensa jam que inundó el estadio de una iridiscente luminosidad conjurada por la guitarra de Anastasio y acabó recalando en un zigzagueante “Eyes Of The World” cantado por Phil Lesh. “Eyes” no se alargó demasiado y pronto llegó a puerto con un maravilloso “He’s Gone”. Bobby se olvidó de la letra en la primera estrofa y Trey y Hornsby acudieron a su rescate cubriéndole cuando se quedó en blanco, provocando las risas de todos los miembros de la banda. A partir de ahí, Weir, Hornsby y Anastasio se pasaron todo el tema compartiendo las distintas líneas de las estrofas de un modo totalmente espontáneo ante las carcajadas de Phil. Sin duda uno de los grandes momentos de la noche y una de las instancias en que la auténtica esencia de los Grateful Dead brilló con más fuerza.

La coda a capela de “He’s Gone” condujo a una nueva secuencia de “Drums”, en esta ocasión con un deje más tribal que electrónico como la noche anterior, en la que Kreutzmann y Hart contaron con la ayuda de Sikiru Adepoju. Al ser el último concierto en California estaba seguro de que a continuación sonaría un “Estimated Prophet” que después conduciría a una balada como “Stella Blue” y la banda siguió la misma estructura de singalong + balada pero con dos temas distintos y no tan apoteósicos: una vacilón “I Need A Miracle” y un inesperado “Death Don’t Have No Mercy” cantado por Weir. La fiesta terminó de desatarse con “Sugar Magnolia”, que puso fin al concierto antes de que el septeto regresara una última vez a escena para deleitarnos (previo “Donor Rap” a cargo de Phil Lesh, que no faltó ninguna de las dos noches) con un emotivo “Brokedown Palace” que hizo aflorar lágrimas en los ojos hasta del motero más rudo presente entre el público.

Setlist 2

Setlist del domingo (foto extraída de la cuenta de Twitter de Bill Walton)

Así es como llegó a su fin este primer fin de semana de Fare Thee Well que ha servido para resolver todas las incógnitas respecto a este cuestionado epígrafe al largo y extraño viaje de los Grateful Dead. Bob Weir sigue siendo el mismo de siempre: se olvida de las letras (a pesar de que ahora tiene un teleprompter a modo de chuleta), a veces se pierde y hace cantosos aspavientos al resto de la banda para que vuelvan a engancharse con él y además cuenta con un extraño taburete al lado de sus amplis en el que se apoya cuando se encuentra cansado; pero también sigue tocando la guitarra (la mayor parte del tiempo una Stratocaster) con una pasión y una inventiva únicas. Ya no se desgañita como antaño pero su voz ha cobrado un matiz de profundidad, sosiego y sabiduría que sólo pueden dar los años y que la hace perfecta para afrontar las baladas de Jerry.

Por su parte Phil Lesh, el miembro más mayor de la banda, es el que mejor aspecto luce y a sus 75 años sigue recorriendo el mástil de arriba a abajo con un estilo y un sonido únicos que ningún otro bajista ha sido capaz de replicar jamás. Phil es quien lleva la batuta en las improvisaciones y a menudo dirige miradas de viejo cascarrabias a sus compañeros cuando hacen algo que no le gusta, pero también luce una deslumbrante sonrisa de oreja a oreja cuando la música les conduce a esos lugares maravillosos para los que sólo los Grateful Dead tienen la llave. Su serpenteante bajo sigue siendo el cimiento sobre el que se erige la banda e incluso cuando canta con esa voz tan horrorosa que le ha quedado con los años uno no puede evitar rendirse ante él.

Con respecto a los baterías, es claramente Bill Kreutzmann quien lleva el peso rítmico de la banda, sentado tras un kit más reducido y convencional mientras que Mickey Hart se dedica a marcar acentos y aportar figuras de percusión esporádicas (de hecho se pasó la mayor parte de los shows tocando con escobillas frente a las baquetas de Billy). Sin embargo cuando llega la hora de “Drums” es Mickey quien toma la iniciativa, corriendo de arriba a abajo por ese extenso pasillo plagado de instrumentos exóticos que conecta ambas baterías como un niño en una tienda de golosinas, marcando distintos ritmos y activando extraños dispositivos para construir la demencial sinfonía de persusión de los Rhythm Devils.

Mickey Bill

Mickey Hart y Bill Kreutzmann (foto: Jay Blakesberg)

La mayor responsabilidad de estos shows, sin embargo, reposaba sobre los hombros de Trey Anastasio. El guitarrista de Phish lleva meses siendo cuestionado por los fans, muchos de los cuales dudaban que estuviera a la altura de suplir la vacante de García. En mi opinión Anastasio ha superado las expectativas con creces, sabiendo respetar y honrar el estilo de Jerry sin por ello dejar de aportar un marcadísimo toque personal. En los temas cortos el guitarrista se mostró más comedido, quizá excesivamente respetuoso por miedo a que se le acuse de intentar eclipsar a sus compañeros, pero cuando llegaron las grandes jams Trey se soltó y a menudo se convirtió en el guía musical de la banda, iluminando el camino a seguir por sus compañeros en impresionantes exploraciones sónicas. No en vano algunas improvisaciones tuvieron un pronunciado deje Phish, algo más que bienvenido en un repertorio como el de los Grateful Dead, que constantemente está evolucionando y avanzando hacia lugares nuevos. Mi única queja es que, con la gran voz que tiene, Anastasio ha recibido muy poco protagonismo vocal en los dos conciertos y creo que todos estaremos de acuerdo en que, por ejemplo, su garganta hubiera sido mucho más apropiada para entonar “Eyes Of The World” que la de Phil. Espero que esto cambie en Chicago – ¡Let Trey sing!

También hay que destacar el rol de Bruce Hornsby y Jeff Chimenti quienes, pese a no ser los más prominentes en la mezcla, aportan una nueva dimensión de texturas al conjunto. Chimenti crea un suave colchón para las improvisaciones con su teclado y aprovecha las pocas oportunidades que le ceden para aportar vibrantes solos, mientras que el piano de Hornsby adquiere un rol rítmico similar al que tendría en el contexto de un grupo de jazz y su voz se funde perfectamente con las de Weir, Lesh y Anastasio para elevar los temas a grandes cotas emocionales. Es una verdadera lástima que esta formación sólo vaya a ofrecer 5 conciertos antes de separarse para siempre, porque si ya suenan así en sus dos primeros shows quién sabe hasta dónde podrían llegar si siguieran tocando juntos ajenos a la presión que supone un evento de las proporciones de este Fare Thee Well

No puedo concluir este texto sin mencionar el placer de haber podido vivir este histórico acontecimiento en Terrapin, la finca de Óscar Ruíz, santo patrón de los deadheads españoles, y su pareja Masami, rodeado de otros grandes fans de la banda engalanados con camisetas tie-dye como Cosmic Charlie, Bruno/Reuben, Alejandro García, Xaron Nico y Álvaro Marchessi y escuchando apasionantes historias sobre el histórico concierto de los Grateful Dead en Barcelona en 1981 o sus viajes por el mundo para ver a los Dead y a las distintas formaciones post-García. Un auténtico gusto.

Ahora sólo queda esperar un par de días para ver qué nos deparan los shows de Chicago.

Bow

La banda saluda al final del show del domingo

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