The Grateful Dead – Shake’s Picks 5: University Of Reno, Nevada, 5/12/1974

Cover 1

Bienvenidos a una nueva entrega de Shake’s Picks. En este quinto volumen vamos a profundizar en uno de los años más apreciados de toda la carrera de los Grateful Dead: 1974. Musicalmente el 74 fue un año fascinante que supuso la culminación del sonido más jazzístico y experimental de los Dead en formación de quinteto que describimos el mes pasado al hablar de 1973, pero también es recordado como uno de los períodos más excesivos de toda su historia. Al pensar en 1974, la imaginación de un deadhead inmediatamente conjura visiones de enormes conciertos en estadios que se alargaban durante cuatro o cinco horas, versiones de “Playin’ In The Band” de más de 30 minutos, y los cacofónicos interludios electrónicos de Seastones con los que Phil Lesh y Ned Lagin sacudían al público entre sets de los Dead. Pero si hay un elemento que brilla por encima de los demás como la gran metáfora de los excesos de 1974 ese es sin duda el legendario Wall Of Sound.

El Wall Of Sound fue el gigantesco equipo de sonido con el que los Grateful Dead giraron a lo largo de 1974. Ideada por el ingeniero de sonido de la banda y gurú del LSD de la Costa Oeste Owsley Stanley III tras salir de la cárcel en 1972, esta mastodóntica P.A. fue la más poderosa y compleja de su tiempo, regida por un sistema revolucionario que trataba cada instrumento de manera independiente, con sus propios canales y altavoces, para conseguir un sonido totalmente cristalino y libre de distorsiones o interferencias. Este imponente muro de sonido de 26.400 vatios era capaz de enviar una señal de sonido óptima a la distancia de dos campos de fútbol y una calidad aceptable hasta un cuarto de milla pero, pese a su abrumadora potencia, los testimonios de los que pudieron disfrutar el Wall Of Sound en primera persona aseguran que emitía un sonido muy potente pero absolutamente claro y para nada molesto. Además de su abrumadora potencia y claridad, el sistema también ofrecía numerosas posibilidades sónicas inauditas para su época. El bajo de Phil Lesh, por ejemplo, se filtraba a través de un codificador cuadrafónico que le permitía enviar la señal de cada una de sus cuatro cuerdas a través altavoces distintos, creando un impresionante efecto envolvente que no obstante es muy difícil recrear en las grabaciones de los conciertos de la época.

El mayor inconveniente de esta maravilla de la ingeniería sin parangón en la historia de la música era, por supuesto, tener que moverla de un concierto a otro. Entre los cientos de altavoces que lo integraban y el andamiaje que los sustentaba, el Wall Of Sound constituía una estructura de 75 toneladas que requería cuatro tráileres y 21 operadores para ser transportada además de horas de ensamblaje y desarme antes y después de cada concierto. Esto, ineludiblemente, se tradujo en enormes facturas, una creciente fatiga y numerosos roces entre la banda y su road crew, especialmente cuando los Dead llevaron el Muro a Europa para una serie de conciertos en el mes de septiembre. Esta situación, unida al inevitable desgaste tras diez años constantemente en la carretera, acabó propiciando que la banda se tomara un descanso indefinido a finales de año. Cuando regresaran a los escenarios en junio de 1976 lo harían con un sistema de sonido mucho más práctico y reducido, pero la era del Wall Of Sound sigue considerándose una de las más icónicas de toda su trayectoria y los que tuvieron la suerte de vivirla aseguran que jamás una banda ha conseguido un sonido tan perfecto en directo como los Grateful Dead en 1974.

Pese a que se desarrolló a lo largo de 1973, el Wall Of Sound completo no se estrenó hasta el 23 de marzo de 1974 en el Cow Palace de Daly City, California (el concierto completo aparece en Dick’s Picks 24). Lo que tenemos aquí es un fragmento del show inmediatamente posterior, el 12 de mayo en la Universidad de Reno, Nevada; el primer concierto de la gira de primavera de 1974 que además supuso el estreno del Muro al aire libre, unánimemente considerado su hábitat más propicio y donde conseguía sus mejores resultados ajeno a la resonancia artificial provocada por los recintos cerrados. La banda aún se estaba familiarizando con su nuevo equipo de sonido y a menudo el batería Bill Kreutzmann ha recordado el show de Reno evocando la imagen del viento meciendo el gigantesco altavoz central de lado a lado antes del concierto. Billy observaba la escena desde detrás del escenario aterrado ante la idea de pasar varias horas sentado en su batería justo debajo de ese enorme cajón que parecía pender de un frágil hilo propenso a ceder ante el peso en cualquier momento y sepultarle bajo varias toneladas de altavoces de última tecnología.

Quizá el miedo tuviera algo que ver con la intensidad de la actuación porque estamos ante un show absolutamente incendiario. La grabación nos deposita al comienzo de la gran jam del segundo set, justo en el momento en que la banda se lanza a una trepidante versión de “Truckin'” que desborda energía por los cuatro costados. Phil se desgañita en los estribillos mientras Keith Godchaux aporta unos vibrantes toques de piano honky tonk dignos de un tugurio de Bakersfield y cuando alcanzan la jam final del tema los Dead se han convertido en una locomotora desbocada que hace saltar chispas en las vías mientras avanza cada vez a más velocidad y sin frenos. Cuando parece que el choque es inminente y el tren está a punto de descarrilar Billy encuentra un último reducto para salvar la colisión y reconduce a sus compañeros hacia un espacio más relajado. Los licks de carácter bluesero de Jerry García apuntan a la “Nobody’s Jam”, el pasaje basado en el “Nobody’s Fault But Mine” de Blind Willie Johnson que a menudo servía como salida de “Truckin'” en esta época, pero cada uno de los cinco músicos parece estar investigando ideas distintas con lo que la melodía no termina de tomar forma y pronto la improvisación empieza a adentrarse en terrenos más oscuros, apuntando claramente hacia “The Other One”.

Phil Lesh se lanza directo a la intro del tema y Jerry y Bob Weir le siguen pero Billy opta por romper el ritmo, danzando locamente a través de su pequeño kit. Jerry acepta el desafío y empieza a destilar caleidoscópicas gotas de ácido lisérgico de las cuerdas de su Wolf mientras Keith puntúa sus líneas con notas deliberadamente arrítmicas y Bobby adorna el paisaje con sugerentes armónicos. Phil insiste con su monstruosa intro una y otra vez pero el resto de la banda sigue decidida a escrutar cada centímetro de este insólito paraje, girando en una enfermiza espiral de magia negra psicodélica hasta alcanzar un punto culminante en el que la intensidad no puede ir a más y la música parece a punto de explotar en miles de partículas multicolores. Es en ese momento cuando Phil acomete la intro una vez más y, esta vez sí, los Dead se catapultan a través del portal de “The Other One”.

Como aturdido por la pura fuerza del ritual lisérgico que acaban de conjurar, Bobby se olvida totalmente de la letra y balbucea la primera estrofa del clásico de Anthem Of The Sun. No obstante, enseguida queda claro que la canción es solamente un pretexto para abrir un nuevo frente en esta fulgurante campaña de exploración extrasensorial y, nada más terminar el primer estribillo los Dead vuelven a zambullirse en aguas turbias, lanzándose hacia profundidades aún más oscuras sin mirar atrás, como si el pulso de lo desconocido despertara en ellos un instinto primario e inapelable que les hiciera ignorar los inauditos peligros que pudieran aguardar en el abismo. Cualquier rastro de ritmo que nos pudiera aferrar a la realidad desaparece poco a poco mientras la guitarra de Jerry adquiere un timbre espectral, Bobby esboza figuras imposibles, Phil dirige el Wall Of Sound hacia un ensordecedor bucle de feedback y Keith toca preciosos arpegios que suenan como una elegía por los cinco exploradores perdidos. La música nos conduce a través de tenebrosas cavernas submarinas, paisajes insólitos de una sombría belleza que nunca antes ningún hombre ha visitado y en las que acechan temibles criaturas de proporciones jurásicas que escaparon a la red de la evolución.

Cuando parece que nuestro destino es permanecer atrapados en este angustioso inframundo por el resto de la eternidad la banda inicia un sútil ascenso. Es un proceso lento y desconcertante igual que lo fue el descenso, pero el brillo cada vez más intenso deja claro que estamos regresando a la superficie. Por el camino, la música adquiere un groove anárquico que pinta un deslumbrante arrecife de coral de cientos de colores extraordinarios y Jerry solea cada vez más desbocado, como guiado por un poder superior que le hubiera arrebatado el control sobre su propio cuerpo y no le permitiera dejar de deslizar sus dedos frenéticamente a través del mástil de Wolf. Repentinamente, Bobby toca la tecla adecuada al señalar hacia la familiar progresión descendente conocida como el “Mind Left Body Jam”, despertando a Jerry de su trance y disparándonos finalmente por encima de la superficie, en un reconfortante vuelo sin paracaídas a través de un precioso cielo azul de primavera mientras los cinco músicos recorren los cambios del tema gloriosamente asincopados.

Cuando la jam se disuelve Jerry guía al resto de la banda hacia “Row Jimmy”, una elección muy inusual para cerrar una secuencia de estas características, probablemente tomada para aprovechar el slide del que el guitarrista había echado mano para la “Mind Left Body Jam”. El medio tiempo de Wake Of The Flood, sin embargo, se hiergue como el final perfecto para este intenso periplo por los abismos, depositándonos suavemente en tierra firme con sus dulces armonías vocales y los preciosos diálogos entre Keith y Jerry en las partes instrumentales. Abrimos los ojos y comprobamos que seguimos en el mismo lugar en el que estábamos cuando escuchamos las primeras notas de “Truckin'”. Nuestro cuerpo no se ha movido un centímetro, pero ninguna ley científica puede refutar que, a lo largo de los últimos 40 minutos, nuestra mente ha viajado por los rincones más recónditos, visitando un mundo maravilloso del que sólo los Grateful Dead tienen la llave.

Descarga: Truckin’ > The Other One > Mind Left Body Jam > Row Jimmy (5/12/1974)

Wall 4

Los Dead actuando ante el imponente Wall Of Sound en 1974

English version:

Welcome to a new instalment of Shake’s Picks. In this fifth volume we are going to dig into one of the most beloved years of The Grateful Dead’s career: 1974. Musically, ’74 was a fascinating year that signalled the culmination of the jazzy and experimental sound of the quintet line-up Dead that we described last month when discussing 1973, but it is also remembered as one of the most excessive periods in the band’s history. Thinking about 1974 conjures up images of huge outdoor stadium shows that went on for four or five hours, 30 minute versions of “Playin’ In The Band”, and the electronic Seastones interludes with which Phil Lesh and Ned Lagin shook the audience between Dead sets. But if there is one element that shines above the rest as the great metaphor for the excesses of 1974, that is the legendary Wall Of Sound.

The Wall Of Sound was the gigantic sound system the Dead toured with throughout 1974. Devised by the band’s sound engineer and West Coast LSD guru Owsley Stanley III after getting out of jail in late 1972, this colossal P.A. was the most powerful and complex of its time, based on a system that handled each instrument independently, with its own channels and speakers, to obtain an absolutely crystalline, distortion-free sound. This impressive wall of 26,400 watts of power was capable of sending an optimal sound signal to a distance of two football fields, and an acceptable sound up to a quarter of a mile from the stage but, in spite of its overwhelming power, those who were lucky enough to experience it in person assure that, although loud, the sound coming from the Wall was crystal clear and not the least fatiguing to the ear. Apart from its shocking power and clarity, the system also offered a number of unprecedented sonic possibilities. Phil Lesh’s bass, for instance, was filtered through a quadraphonic encoder that allowed him to send the signal of each of his four bass strings to a different set of speakers, creating an impressive surround effect that is nevertheless very hard to recreate on tape recordings.

The biggest inconvenience of this wonder of sound engineering that has no match in the history of music was, of course, having to transport it from one concert to another. The hundreds of speakers that made up the Wall and the scaffolding that supported it constituted a structure of over 75 tons that required four semi-trailers and 21 crew members to be carried around, not to mention hours of setting it up and bringing it down before and after each show. Unavoidably this led to huge bills, a growing sense of fatigue and conflicts between the band and their road crew, especially when the Dead took the Wall to Europe for a couple of concerts in the month of September. This situation, added to the exhaustion generated by ten years on the road ended up prompting the band to go on a hiatus at the end of the year. When they resumed touring in June of 1976 they did so with a reduced and much more practical sound system. Still, the Wall Of Sound era remains one of the most iconic of their career, and those who lived it claim that no band has ever achieved such a perfect live sound as The Grateful Dead in 1974.

Although developed throughout 1973, it wasn’t until March 23rd, 1974 at Daly City’s Cow Palace (a show officially released as Dick’s Picks 24) that the Dead unleashed the complete Wall Of Sound. What we have here is a fragment of the following show, May 12th at the University of Reno in Nevada. This was the first show of the spring tour of 1974 and the debut of the Wall Of Sound outdoors, unanimously considered its natural habitat, where it achieved its best results free from the artificial resonance of indoor venues. The band was still getting used to their new sound equipment and on various occasions drummer Bill Kreutzmann has remembered the Reno show recalling the image of the wind rocking the enormous central set of speakers before the show. Billy watched the scene from behind the stage terrified by the notion of spending hours sitting on his drum kit beneath that huge crate that seemed to hang from a delicate thread prone to give in to the weight at any moment, burying him under tons of state of the art speakers.

Maybe fear had something to do with the sheer intensity of the performance because this is an absolutely incendiary show. The recording drops us at the start of the big second set jam, right when the band launches into a frenetic version of “Truckin’” that overflows with energy. Phil screams his lungs off in the bridge while Keith Godchaux lays down some tasty honky tonk piano that sounds straight out of a Bakersfield ballroom. When they reach the song’s final jam the Dead have transformed into a runaway train that speeds out of control, brakeless and about to derail at any moment. But just as the crash seems unavoidable Billy finds one last resort to avoid the collision and steers the band towards a more relaxed space. García’s bluesy licks hint at “Nobody’s Jam”, the passage based on Blind Willie Johnson’s “Nobody’s Fault By Mine” that commonly acted as an exit from “Truckin’” around this time. Each of the five musicians seem to be investigating different ideas so the theme doesn’t fully develop, and soon the improvisation starts to drift into a somewhat darker mood, clearly pointing to “The Other One”.

Phil drops straight into his earth-shaking intro and Jerry and Weir follow him, but Billy chooses to break the rhythm, dancing madly all over his small kit. Jerry takes up the challenge and starts to distil drops of lysergic acid from the strings of his Wolf guitar while Keith punctuates his lines with deliberately arrhythmic arpeggios and Bobby embellishes the scenery with intriguing harmonics. Phil insists with his thunderous intro time and again but the rest of the band seem determined to explore every corner of this passage, spinning in a twisted spiral of voodoo until they reach a point of no return and the music seems about to explode in thousands of multicolour particles. It’s right at this point when Phil attacks his intro once again and this time the Dead are finally catapulted through the gates of “The Other One”.

As if knocked out by the sheer force of the psychedelic ritual they have just conjured, Bobby completely blows the lyrics and babbles his way through the first verse of the Anthem Of The Sun classic. Still, pretty soon it becomes clear that the song is just a an excuse to open up a new front in this roaring campaign of extrasensory exploration and, right after the first chorus, the Dead dive into turbulent waters, throwing themselves head first into even darker depths without looking back, as if the pulse of the unknown awoke in them an irrepressible primal instinct that made them ignore the unprecedented dangers that could await in the abyss. Any trace of rhythm that could hold us on to reality slowly disappears as Jerry’s guitar takes on a spectral tone, Bobby sketches impossible shapes and forms, Phil leads the Wall Of Sound into a deafening drone of feedback, and Keith plays beautiful runs that sound like an elegy for the five lost explorers. The music leads us through gloomy submarine caves, unheard of landscapes of a disturbing dark beauty that no man has ever witnessed before, where fearsome creatures of Jurassic proportions that escaped the grip of evolution stalk in the shadows.

Just when it seems that our fate is to remain trapped inside of this distressing underworld for the rest of eternity the band suddenly initiates a subtle ascent. It’s a slow and disturbing process, just as the descent was, but the light that starts to shine brighter by the moment leaves no doubt that we are returning to the surface. On the way, the music acquires an anarchic groove that pictures a dazzling coral reef of hundreds of unknown colours while Jerry solos frantically, as if guided by a superior power that has claimed control over his body and won’t let him stop racing his fingers up and down Wolf’s fretboard. Suddenly, Weir presses the right button by hinting at the familiar descending progression known as the “Mind Left Body Jam”, waking Jerry from his trance and finally shooting us above the surface in a comforting free flight across a beautiful spring sky while the musicians transit the song’s changes gloriously out of time with each other.

When the jam dissolves García guides the rest of the band into “Row Jimmy”, an uncommon choice to close a sequence of this kind, probably motivated by the guitarist having picked up a slide to play during “Mind Left Body Jam”. The Wake Of The Flood ballad, however, comes out as the perfect ending to this intense voyage through the void, gently dropping us back on solid ground with its sweet vocal harmonies and the beautiful instrumental dialogs between Keith and Jerry. We open our eyes and verify that we are in the same place as when we heard the first notes of “Truckin’”. Our body hasn’t moved an inch, but no scientific law can deny that, throughout the last 40 minutes, our mind has travelled the remotest corners, visiting a marvellous world that only The Grateful Dead have the key to.

Download: Truckin’ > The Other One > Mind Left Body Jam > Row Jimmy (5/12/1974)

Wall PNE 5 17 74

The Wall Of Sound during soundcheck at the PNE Coliseum, Vancouver, on 5/17/1974

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s