“Saint Steveeeeen!!!”

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La fecha es el lunes 10 de diciembre de 1983. Estamos en Madison Square Garden. Es el primero de dos conciertos que los Grateful Dead van a dar en el mítico recinto neoyorquino y la banda está a medio camino del segundo set de la noche. Después del habitual solo de batería el grupo se ha lanzado, como de costumbre, a la cacofónica exploración sónica que sus fans denominan “Space”. Algo más de diez minutos después del comienzo del tema, la banda rebaja el nivel de intensidad y Jerry García se da la vuelta y se dirige a la zona donde están sus amplificadores. Tras unos breves ajustes a su sonido, el guitarrista toca la misma nota dos veces seguidas. El auditorio enmudece. García se da la vuelta para encarar al público, sonríe, y continúa dibujando una melodía serpenteante muy familiar. Antes incluso de que el resto de la banda le siga, el tejado del Garden parece a punto de saltar por los aires ante la insólita explosión de júbilo de los miles de deadheads allí congregados. “Saint Stephen” ha vuelto.

Pero retrocedamos un poco en el tiempo: Corría la primavera de 1968, la resaca del célebre verano del amor en San Francisco, y los Grateful Dead eran una de las bandas más importantes de la ciudad. Habían sido abanderados de la escena psicodélica desde que a finales de 1965 el autor Ken Kesey les contratara como banda residente para sus Acid Tests, grandes fiestas en las que se repartía LSD a todos los asistentes mientras los primigenios Dead improvisaban ante un impresionante despliegue de luces y proyecciones. Su reputación como la banda con el mejor directo de la ciudad crecía a diario y sus miembros se contaban entre los grandes iconos de la escena contracultural de la Costa Oeste. Sin embargo, aún les faltaba una cosa: un tema bandera. Esa canción que trascendiera las fronteras de la ciudad y les diera a conocer a todo el país. Un éxito. Un himno. Algo similar a lo que habían logrado compañeros de escena como Jefferson Airplane con “Somebody to Love” y “White Rabbit” (en los que, por cierto, la labor de Jerry García como arreglista fue fundamental) o Country Joe & The Fish con “I Feel Like I’m Fixin’ to Die”. Una canción que les hiciera reconocibles ante los ojos y oídos del mundo entero.

Su primer disco homónimo, publicado en marzo de 1967, era una colección de anfetamínicas relecturas de viejas canciones de blues, folk y rock and roll en clave lisérgica y, pese a que muchas de estas versiones se convirtieron en clásicos indiscutibles de su repertorio a lo largo de los siguientes treinta años (“Morning Dew”, “New Minglewood Blues”), las dos composiciones propias del álbum (“The Golden Road” y “Cream Puff War”) apenas tuvieron repercusión. Su segundo disco, el experimental Anthem of the Sun, constaba de dos grandes suites que ocupaban sendas caras del vinilo en las que la banda mezclaba grabaciones en directo con experimentación en el estudio para dar rienda suelta a su vena más alucinada y definitivamente menos comercial. Tampoco ayudó su idea de editar a modo de single una versión acortada de “Dark Star”, el tema más legendario de los Dead, vehículo para sus improvisaciones más intensas e imprevisibles en directo pero obviamente no la canción más apropiada para conseguir difusión radiofónica. El propio Phil Lesh señaló que el single “se hundió como una piedra”.

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Los Dead de 1968: Bill Kreutzmann, Bob Weir, Mickey Hart, Pigpen, Phil Lesh y Jerry García (sentado)

Entonces, el 24 de mayo de 1968 en el National Guard Armory de St. Louis la banda presentó un tema nuevo destinado a convertirse en este clásico que no buscaban de manera consciente pero sin duda necesitaban. Con unas hipnóticas líneas de guitarra que bien podrían servir como definición enciclopédica del sonido psicodélico de la Costa Oeste, “St. Stephen” era, como no podía ser de otra manera con los Grateful Dead, una canción cuanto menos atípica para convertirse en un clásico del rock and roll. Con constantes cambios de ritmo y melodía, sin nada mínimamente parecido a un estribillo recurrente y con una letra en la que Robert Hunter rememoraba ni más ni menos que la vida y milagros de San Esteban, el primer mártir de la religión cristiana (pese a que muchos quisieron interpretar en sus estrofas una satírica descripción de Stephen Gaskin, iluminado de la contracultura de la época y fundador de la comuna “The Farm”, algo que el propio Hunter a menudo se ha ocupado de negar), “St. Stephen” no obstante se convirtió en el himno por excelencia de los Dead en los sesenta. Una canción cuyo espíritu les seguiría de cerca durante el resto de su trayectoria.

“St. Stephen” fue la elegida para abrir el tercer disco de la banda, Aoxomoxoa, en junio de 1969. En enero del mismo año, los Grateful Dead aparecieron en Playboy After Dark, el programa de la CBS presentado por Hugh Hefner en un plató decorado para asemejar una fiesta nocturna en la Mansión Playboy, con jovencitas despampanantes, tipos elegantes y barras de bar por doquier. Durante los dos años que estuvo en antena, circularon por el programa desde Grand Funk Railroad hasta Sammy Davis Jr. pasando por James Brown, los primeros Deep Purple con Rod Evans al frente o los Byrds. Sin embargo, el técnico de sonido de los Dead y célebre fabricante del mejor LSD de toda la Costa Oeste, Owsley Stanley, decidió que la actuación de García y los suyos fuera distinta a todas las demás poniendo en práctica la clásica costumbre Dead de drogar a todo el mundo sin previo aviso.

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Portada de Aoxomoxoa (1969)

Owsley introdujo LSD en la cafetera de la que bebían todos los empleados del programa y, pese a que no consiguió su objetivo de drogar al viejo Hef quien, aterrado por las historias que había oído acerca de los hábitos de todos estos melenudos que acudían a su programa cada semana sólo consentía beber latas de Coca-Cola que estuvieran cerradas hasta llegar a sus manos, los resultados fueron cuanto menos curiosos. Mientras la mayoría de invitados del programa tocaban una o dos canciones los Dead, tras una surrealista conversación entre el impoluto Hef y un alucinado Jerry García ataviado con un viejo poncho verde, se lanzaron a una actuación de más de cuarenta minutos. La retransmisión, no obstante, se corta poco antes de terminar la versión de “St. Stephen” que sucede a una delicada lectura de “Mountains of the Moon”. La leyenda cuenta que la grabación del resto del concierto era inservible ya que uno de los cámaras, en pleno viaje ácido, se dedicó a enfocar y desenfocar un punto muerto durante toda la actuación mientras que otro concentró su objetivo en una joven figurante que, dejándose llevar por los efectos del café, se despojó de su ropa dedicándose a bailar desnuda delante de la banda. Los Grateful Dead escandalizando a Hugh Hefner con mujeres desnudas – no hubiera esperado menos…

Sea como fuere, los Dead aparecieron en un programa de la televisión nacional y el país entero pudo escuchar un “St. Stephen” que en 1969 era uno de los puntos culminantes de sus conciertos, tal y como quedó plasmado en su doble disco en directo Live/Dead, publicado en noviembre de ese mismo año. La versión de “St. Stephen” en este álbum, tomada de su actuación en el Fillmore West el 27 de febrero es quizá la más icónica de todas, apareciendo tras un enorme “Dark Star” y disolviéndose en “The Eleven” tras la coda conocida como “William Tell” que no aparecía en la versión en estudio de Aoxomoxoa. La jam finalmente culmina con una frenética versión de “Turn on your Lovelight”, vehículo para las impredecibles improvisaciones vocales del organista Pigpen, cerrando así tres caras de vinilo sin un segundo de respiro. La energía transmitida por la banda en este “St. Stephen” durante el cual incluso se puede oír a Jerry García y Bob Weir soltar algún grito de excitación fuera de micro es algo mágico. Live/Dead fue alabado por la crítica como el documento de uno de los grandes grupos de su época en su plenitud y fue el mayor éxito de ventas de la banda hasta la fecha.

Owsley Jerry

Owsley Stanley y Jerry García

En los albores de la década de los setenta los Grateful Dead se convirtieron en pioneros del retorno a la música de raíces americana que se popularizaría en los años venideros. En 1970 los conciertos de la banda a menudo empezaban con un set acústico con temas del binomio Workingman’s Dead/American Beauty, que publicarían ese mismo año, además de versiones de temas country y folk, antes de pasar a la parte eléctrica del repertorio. Uno de los conciertos más célebres de esta época es el de Harpur College en Nueva York el 2 de mayo, recogido en el imprescindible Dick’s Picks 8. Es curioso escuchar la reacción de parte del público durante el primer set, desconcertados al ver a los reyes del acid rock entonando temas del cancionero tradicional norteamericano con guitarras acústicas. A lo largo de todo este primer tramo del concierto se pueden escuchar gritos ensordecedores de “Saint Steveeeeen!!!” hasta el punto de que el propio García tiene que tranquilizar a la gente en su habitual tono afable: “everybody just relax men, we have you all night long.” Cuando la banda finalmente sale a escena con sus instrumentos eléctricos y dan comienzo al segundo set con el gran clásico que todo el mundo esperaba, el auditorio estalla en júbilo. Esta versión de “St. Stephen”, que da paso a un kaleidoscópico “That’s it for the Other One” que a su vez es rematado por un demencial “Cosmic Charlie” es demoledora, suficiente para demostrar al mundo que pese a haber relajado su propuesta musical, los Grateful Dead seguían siendo la banda más impredeciblemente lisérgica del planeta sobre un escenario.

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García y Weir en 1972

Pero el cambio de década trajo consigo muchos otros cambios para los Grateful Dead. Primero el teclista Tom Constanten abandonó el barco a principios de 1970, y después fue Mickey Hart quien se marchó avergonzado cuando su padre Lenny Hart, que se ocupaba de las cuentas de los Dead, desapareció con gran parte del dinero de la banda, dejando a Bill Kreutzmann como único batería. En verano de 1971, los problemas de salud provocados por el alcoholismo de Pigpen le obligaron a apartarse de la actividad de la banda, siendo sustituido por el teclista Keith Godcheaux y su mujer Donna Jean Godcheaux que asumió el papel de corista. Pig acabaría muriendo de cirrosis el 8 de marzo de 1973 con tan solo 27 años. Todas estas variaciones en el seno del grupo dejaron una importante huella en su sonido. Con Constanten desapareció gran parte de su vertiente más avant-garde mientras que Pigpen se llevó consigo las inclinaciones más sucias y blueseras. El estilo jazzístico de Godcheaux aportó un punto menos estridente y a la vez más musical a la banda, mientras que el cambio de dos baterías a uno solo proporcionó una formación menos contundente pero más sutil, con un Kreutzmann que en solitario encajaba mejor en los temas más relajados que estaban componiendo García y Weir y al mismo tiempo tenía libertad de acción para dejar fluir su marcada vena jazzera en los pasajes más abiertos. El repertorio de la banda también se alteró profundamente, con las exploraciones más psicodélicas cobrando un matiz más lírico y restringiéndose a temas concretos como “Dark Star”, “Playin’ in the Band” o “The Other One” y lo que de allí surgiera, y el resto de los conciertos ocupados por la avalancha de nuevo material más fundado en la música de raíces que en el rock ácido que trajeron Workingman’s Dead, American Beauty y los discos en solitario de Jerry García y Bob Weir García y Ace. Para el que suscribe se trata de la época cumbre de la banda (1972-1974) pero también es una en época en cuyo sonido un tema en concreto ya no tenía cabida. A finales de octubre de 1971, “St. Stephen” se cayó del repertorio ¿para siempre?

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En acústico en 1970

La desaparición de “St. Stephen” no hizo sino acrecentar su aura mítica entre los seguidores de los Grateful Dead. A mediados de 1974 la banda decidió tomarse un descanso ante el tremendo desgaste físico y psicológico provocado por su frenética e incesante actividad en directo, además de por el excesivo coste de trasladar su mastodóntica P.A. a través del país. El célebre Wall of Sound construido por Owsley era el sistema de sonido en directo más revolucionario de su época pero también el más grande. La estructura, de 75 toneladas, requería cuatro tráilers para ser transportada y 21 personas para ser montada y desmontada en cada concierto, y pese a que los testimonios de los que la vivieron en directo aseguran que sus resultados eran impresionantes, también lo era la factura que provocaba para unos Grateful Dead que ya se la estaban pegando económicamente con su utópica idea de crear su propio sello discográfico al margen de compañías multinacionales, Grateful Dead Records. La única solución para esta situación era parar, descansar y reorganizarse para no acabar en bancarrota o en la tumba, pero los Dead se despidieron a lo grande con cinco conciertos en su “cuartel general”, el Winterland de Bill Graham en San Francisco. Estos shows serían recogidos en la película The Grateful Dead Movie de 1977. Precisamente, la película recoge un entrañable momento en el que dos facciones de deadheads discuten en un descanso entre sets acerca del derecho de la banda a filmar los conciertos. Unos insisten en que la grabación será un buen recuerdo en un futuro mientras que otros argumentan que las cámaras interfieren con su disfrute pleno de la experiencia. Finalmente la discusión no pasa a mayores y, como si de un simbólico gesto para sellar la paz se tratase, uno de los involucrados se da la vuelta y grita a pleno pulmón “Saint Steveeeeen!!!” Los Dead no escucharían su plegaria. Esa noche.

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La banda en directo en 1974 frente a parte del mastodóntco Wall of Sound

Pese a que a lo largo de los casi dos años posteriores a sus últimos conciertos en Winterland los Grateful Dead estuvieron de todo menos inactivos (grabaron un disco, Blues for Allah, varios miembros giraron con distintas bandas, publicaron discos en solitario e incluso actuaron cuatro veces como Grateful Dead), no fue hasta junio de 1976 cuando la banda puso fin a su “parón” y volvió a la carretera. Con Mickey Hart de nuevo a bordo, los Grateful Dead se subieron al escenario del Paramount Theater de Portland el 3 de junio con una P.A. significativamente reducida y un sonido y energía renovados. Menos de una semana después, el 9 de junio, tocaban la primera de cuatro noches en uno de sus santuarios, el Boston Music Hall. El estupendo primer set de la noche no podía preparar a los miles de asistentes para lo que se les venía encima. El concierto completo está recogido en el imprescindible Road Trips Vol. 4 No. 5 pero es recomendable escuchar alguna de las versiones grabadas desde el público que circulan por internet para disfrutar de la experiencia plena. Tras el parón de rigor entre sets la banda vuelve al escenario y empieza su clásico e interminable ritual de afinaciones y ajustes hasta que, como solía decir Bob Weir, “everything is exactly right”. La gente aplaude, grita títulos de canciones y charla distendidamente hasta que García toca esa nota mágica. Un tipo deja escapar un involuntario grito de sorpresa y poco a poco todo el auditorio se le empieza a unir en un rugido ensordecedor que se une al crescendo de la propia música hasta estallar definitivamente al llegar a la primera estrofa. Contra todo pronóstico, los Dead habían resucitado a Saint Stephen.

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La formación del ’76: Mickey Hart, Phil Lesh, Donna Jean Godcheaux, Jerry García, Bob Weir, Bill Kreutzmann y Keith Godcheaux (sentado)

Esa noche en el Boston Music Hall, con una jam épica que se convierte primero en “Eyes of the World” y finalmente en un demoledor “Let it Grow” los Grateful Dead estrenan una versión renovada de “St. Stephen” que pasará a conocerse como la dreamy version y que se convertirá en habitual en su repertorio una vez más a lo largo de 1976 y 1977. Más pausada y contemplativa que las versiones de finales de los sesenta, este nuevo “St. Stephen”, cuya una parte central se ha transformado en un lisérgico y delicado vals cantado a dúo entre Jerry y Donna, se convertirá en vehículo para algunas de las improvisaciones más expansivas de la nueva era de la banda, destacando en conciertos tan celebrados como el del 8 de mayo de 1977 en la universidad de Cornell, probablemente el más famoso de toda su carrera. El año 1978, sin embargo solamente verá cuatro interpretaciones de “St. Stephen”, dos en enero y dos en diciembre. Y tras una única versión en enero del 79, la canción volverá a desaparecer inexplicablemente del repertorio de la banda una vez más.

Pasarían casi cinco años hasta que los Dead recuperaran “St. Stephen” en 1983 y durante esta segunda ausencia el tema adquirió un halo aún más místico si cabe. Los ochenta fueron una época en la que los Grateful Dead incrementaron su público sustancialmente como única banda que mantenía el espíritu de la era psicodélica vivo, y mucha gente empezó a adoptar el estilo de vida deadhead siguiéndolos de ciudad en ciudad. Muchos de estos nuevos fans que empezaron a seguir a la banda en los ochenta nunca les habían visto tocar “St. Stephen” en directo y escuchaban de boca de los deadheads más veteranos historias casi mitológicas acerca de este tema que provocaba un auténtico éxtasis colectivo allá donde fuera interpretado. Los gritos de “Saint Steveeeeen!!!” se convirtieron en un ritual infaltable en cualquier concierto de los Grateful Dead, disociados completamente de cualquier tipo de esperanza de que la banda respondiera tocando la canción. Los propios Dead, conscientes de ello, bromeaban a menudo con el tema. En octubre de 1980, aprovechando sus conciertos en el Radio City Music Hall neoyorquino, el grupo apareció en el popular programa Saturday Night Live para interpretar un par de temas y protagonizar algunos sketches. En uno de éstos, Al Franken entrevista a Brent Mydland, el teclista que sustituyó a los Godcheaux en abril de 1979, y le pregunta si le ha costado mucho aprenderse el repertorio de la banda. Brent contesta que pilló todos los temas enseguida menos uno en concreto que no consigue descifrar de ninguna manera. ¿De qué tema se trata? Pregunta Fraken y Brent, cómo no, contesta “St. Stephen” antes de hacer un par de intentos paupérrimos de tocar el riff principal:

Y así llegamos de vuelta a esa noche del 11 de octubre de 1983 en Madison Square Garden. Durante los últimos días, algunos rumores habían empezado a circular acerca de unos deadheads que habían pegado la oreja a los muros del Coliseum de Richmond durante la prueba de sonido previa al concierto del día 8 y habían escuchado atónitos a la banda practicar las partes más complicadas de “St. Stephen”, pero nadie terminaba de creerlos del todo. De hecho los rutinarios gritos de “Saint Steveeeeen!!!” que se pueden escuchar durante el primer set del concierto del día 11 probablemente no albergaran más esperanzas de escuchar la canción que los de cualquier otra fecha, como demuestra la explosión de sorpresa y alegría con la que el auditorio responde a las inconfundibles notas que la banda arranca de los últimos compases de “Space”. Y es que esta noche, por primera vez en 352 conciertos, las plegarias fueron respondidas y “Saint Stephen” volvió a subirse al escenario con los Grateful Dead. Solamente lo haría dos veces más, el 15 y el 31 de ese mismo mes en Hartford y en Marin County.

Estas tres versiones de 1983 serían bautizadas por los fans como las trainwreck versions debido a los numerosos fallos en la ejecución del tema. Una vez más los Grateful Dead cumplían su entrañable tradición de cagarla en los momentos menos indicados (su actuación en el festival de Woodstock o sus conciertos al aire libre en Egipto frente a la Esfinge de Giza y la Pirámide de Keops en 1978 vienen a la memoria). Pero a fin de cuentas, si hubieran despedido a “Saint Stephen” dejando para la historia tres versiones impecablemente interpretadas en lugar de estas “versiones del choque de trenes” no serían los Grateful Dead que conocemos y amamos. Ninguna precisión técnica puede superar el estallido de júbilo del público neoyorquino cuando Phil Lesh, que no había cantado una sola palabra en un concierto en casi diez años, se acerca al micrófono para unirse a los demás en la última estrofa del tema. Pura magia.

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Weir y García en 1983

Pese a que en los siguientes 12 años hasta la muerte de Jerry García los Grateful Dead nunca volverían a interpretar “St. Stephen” en directo, en los años posteriores las numerosas formaciones surgidas tras la disolución de la banda (The Other Ones, The Dead, Phil Lesh & Friends, Furthur) a menudo han recuperado la canción en sus conciertos. Y sea dónde y cuándo sea, siempre que esa inconfundible melodía de guitarra empieza a resonar, el tiempo transcurrido desde la última interpretación se vuelve insignificante y la sensación vuelve a ser la misma que en 1969, que aquella noche de 1976 en Boston o que el 11 de octubre del 83 en Nueva York. Cuando los Dead conjuran a Saint Stephen todo lo demás deja de importar, y es que como reza la propia letra de la canción “Saint Stephen will remain – all he lost he shall regain”.

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